—¿Le parece á usted que dé la mano á las señoras del interior para que bajen?
—Es usted muy fino; pero está usted dispensado de esa atención.
—Con franqueza, que en este punto quiero más pecar por rumboso que por encogido... Le digo á usted que me gustan mucho las compañeras del sombrerito... ¡Y qué torneadas están las indinas... miusté, miusté!... ¡El demonches del estribo ya sabe lo que se hace!
—¿Se pescó algo, eh?
—Un poquillo, de refilón... Pero por aquí no se ve arte de baño ni de cosa que se le parezca... ¡Santa Bárbara, qué ruido!... ¿es que truena?
—No, señor: son las olas. Ahora las verá usted, bajando por esa rampa...
—¡Digo! ¡lo que yo más quería, lo que me encargaron las hijas del procurador!
—¿Y qué es?
—¿Qué ha de ser? Cascaritas, caracolillos. ¡Pues ahí es nada lo del ojo! Sepa usted que en mi pueblo se pirran por esto desde que la sobrina del cura llevó de aquí una peregrina de cáscaras, con su cayado y todo: al demonio del muñeco no le faltaba más que hablar. Y digasté, y perdone, ¿podré yo hallar otro?
—Sí, señor; pero antes vamos á tomar cuarto en la casa de baños.