—Es bastante cómoda esta bajada... ¡Hombre, qué hermoso está el arenal! Vea usted, vea usted qué tal salta el agua en él... ¡Zambomba! ¡cómo se estrelló esa ola!... Ahora ya sé en qué consiste el ruido que oí antes... Y digasté, ¿para qué son estas casetas con ruedas que hay arrimadas á la casa de baños?
—Para los enfermos, ó para usted, si quiere desnudarse y vestirse á la orilla del agua.
—Vea usted si discurre la gente para sacar el ochavo.
—Ya estamos en la casa de baños.
—Pues la tenía á mi vera, y mal pecado si la había visto... Pues no fué por no ser vistosa, que está bien pintada, de verdá; ni por ser chiquitica, que ¡digo si es grande!... Pues no te digo nada del corredor éste: ¡cuidado si es largo!... Pues anda con los cuartos que tiene á las dos manos... y cada uno con su avío bien decente... Y aquí el mostrador para el amo... y detrás de estos cortinajes, más cuartos...
—Alto ahí, que ése es el departamento de las señoras.
—¿Y está acotado?
—Sí, señor.
—Pues no he dicho nada... Á ver esto otro... Vamos, es el recreo, como quien dijo... ¡Anda, qué solana!... con sus pilaritos y su techo. Le aseguro á usted que se puede pasar aquí la mañana recreando la vista.
—No lo niego. Pero usted ¿piensa bañarse?