—Hombre, le diré á usted: con ese ánimo salí de casa; pero según me voy acercando á la mar la voy tomando un respetillo... Quisiera, si á usted le parece, dejar el primer baño hasta mañana.
—Corriente.
—Pero usted puede bañarse si quiere.
—Muchas gracias; prefiero consagrarme hoy enteramente á usted, porque se me antoja que aún le quedan muchas preguntas en el cuerpo.
—Es verdad; pero no lo deje usted por eso: mañana será otro día.
—Es que no respondo de estar mañana de tan buen humor como hoy.
—Pues adelante. Y dígame, por de pronto: ¿para qué son esas dos cuerdas tan largas que van desde la orilla hasta mar adentro?
—Para agarrarse, si quieren, á la de la derecha los hombres, y á la de la izquierda las mujeres.
—Calla, pues es verdad, que allí veo una porción de bultos que son cabezas de mujer. ¡Anda, y cómo chillan!... ¡Cataplum!... ahí va esa ola... ¡las tapó! Le digo á usted que son valientes las condenadas de las hembras. Ya sale una. ¡María Santísima, qué visión!... ¡Y cómo se le azota el saco! ¡Sí, híspele, híspele con las manos, que ya adelantarás bastante!... Ya sale otra: ¡ésa sí que está de buen año! parecen la l y la o. Y vienen hacia aquí muy serias. ¿Sabe usted que, á lo que veo, maldito el inconveniente habría en que se bañaran juntos hombres y mujeres? Estos trajes son capaces de quitar la ilusión al más regioso.
—No tanto como usted cree.