—¡Oiga! estas dos que salen ahora del cuarto son nuestras compañeras de viaje. ¡Bendito sea Dios, qué rollizas y graciosísimas están así! Vea usted cómo saltan sobre la arena los diablejos. Pues dígote los pies: yo juraría que eran panecillos de nácara. Vamos, me los comería. ¿Y quién es ese hombre á quien se agarran?

—Un bañero.

—¡Ay! yo quisiera ser bañero... ¡Plafs!... se zambulleron en el agua... Agua quisiera yo ser ahora... ¿Se ríe usted? Pues hace usted mal, porque soy capaz de echarme á las olas sólo por ver cómo se bañan.

—¡Miren el tonto! Pero ¿no decía usted que perdía las ilusiones al ver esos trajes y esas fachas?

—En primer lugar, esos trajes no son como los que antes vimos; y después, ¡ay, amigo! no eran los trajes, sino las mujeres, lo que me quitaba la ilusión... Pero esta otra que sale al baño, ¿no es la que también vino con nosotros y que parecía llenar ella sola medio carruaje? Sí, no hay duda, es la misma. Pero, señor, ¿dónde ha dejado las carnes? ¡Mire usted qué engaño, hombre! ¿Y cómo se consiente eso?... ¡Uf! ahí va ese rebaño de ovejuelas... más de doce... ¡Anda! pues allá van los lobos por el otro lado, es decir, los hombres... Amigo, es preciso ser justos: por regla general estamos nosotros, en ropas menores, más graciosos que las mujeres... Cuando yo era niño, recuerdo haber gastado los días de fiesta un traje del mismo corte que el que aquí se ponen los hombres para bañarse; sólo que el mío estaba abierto por detrás. Por cierto que, porque se me salía á menudo por la abertura el faldón de la camisa, me sacudía mi madre cada lapo que cantaba el credo... ¡¡Juich!! por un tris no se queda en cueros aquella infeliz: una ola le ha levantado el saco hasta cerca del cogote. Noto que los hombres no salen de su jurisdicción. Me gusta esa honradez, que, al cabo, nadie está libre de... ¡Ay! ya salen las mías... Mírelas usted qué azotadicas vienen... por aquí van á pasar... ya llegan... ¡Uy, cómo les chorrea el agua á las infelices!... ¡Toma! y el otro fantasmón las saluda muy fino... Valiérale más afeitarse las pantorrillas y los brazos al muy descortés... Pues mire usted, en medio de todo, no deja de gustarme esa franqueza salvaje que reina aquí entre ambos sexos. Esas señoritas se guardarán muy bien de enseñar en la calle media pantorrilla, y aquí no se les da una higa por correr en pernetas por el arenal y recibir á sus amigos en camisa... Está visto que en hombres y mujeres, todo, todo es hijo de la costumbre y de las circunstancias... ¡Anda, el otro que corre al agua! Sospecho que es un presbítero... ¡Cómo se le distingue la corona! ¡Pum! de cabeza se ha tirado el muy reverendo. Ahora resopla y se friega la panza. Ese hombre debe de gozar mucho en el baño... Ahí salen tres mujeres: que Dios no me salve si no parecen tres disciplinantes de los que van en la procesión de mi pueblo el Viernes Santo... ¡Un vapor!... ¡un vapor! mírele usted qué hermosísimo va: parece que se le puede alcanzar con la mano... y se dirige al puerto. ¿Vendrá de América, eh?

—No, señor, de Andalucía probablemente.

—¡Como viene por la mano izquierda!... Pues ahora asoma por detrás de la isla un barco de vela: ¡éste sí que va gracioso! Le digo á usted que esta solana es un coche parado... ¿Y qué hay á la parte de allá en esa punta de tierra?

—Otro arenal más grande aún que éste. Iremos á verle, si usted quiere.

—Pues vamos andando... ¿Y se baña gente en ese otro arenal?

—Sí, señor: más que en éste, y con mayor economía.