—¿Cuánto cuesta?
—Nada.
—Barato es.
—Venga usted detrás de mí, con mucho cuidado, porque vamos, para abreviar el camino, á trepar por las rocas.
—¡Canario, qué puntiagudas son!... ¡Zape!
—¿Qué ocurre?
—¡Chist!... Mire usted con el rabillo del ojo y con mucho tiento, á tres varas delante de nosotros, en el hueco de esas dos peñas manchadas de verdín... ¿Eh? ¿qué tal? Rollizota es la muchacha. Pues, calla, que dos pasos más á la derecha hay una familia entera acurrucada en otro hueco, mudándose de traje... Ya veo el arenal: ¡qué grande es y qué limpio!...—¡Jesucristo, qué rebundio!...[10]. Hombres, mujeres, chiquillos, todos en el mismísimo traje de la inocencia. Pero, señor, ¡esto es el valle de Josafat!... ¿Cómo es que hay tanto rigor en el otro arenal y en éste tanta tolerancia?
—Pues ahí verá usted.
—Ésa no es razón.
—No creo que tenga otras de más peso la autoridad que así lo consiente.