—Y noto que hay por estas alturas mucha gente que no viene á bañarse.
—Está en igual caso que nosotros: viene á recrear la vista en ese agradabilísimo y pintoresco desorden.
—¡Y qué lástima de arenal!
—Le prevengo á usted que aquí se bañaba la reina cuando estuvo en Santander.
—¡Hombre, qué me cuenta usted? ¿Y se bañaba también al aire libre y entre esta clase de gente?
—¿Está usted loco? Tenía una rica y cómoda caseta que bajaba, resbalando sobre carriles, hasta muy adentro de las olas.
—¡Ajá!... Una cosa así quisiera yo para bañarme completamente tranquilo; pero, ya se ve, ¡como soy un pobre castellano!... ¡Uy, cómo retozan los condenados muchachos en el agua!... Y los que se visten encima de aquel montón de arena son soldados, si no me engaño... y mujeres las que se desnudan á dos varas de ellos. ¡María Santísima! Le digo á usted que el cuadro tiene que ver.
—¿Está usted bien enterado de él?
—Hombre, así al pormayor, bastante.
—Pues otro día le verá usted en detalle; ahora volvámonos por donde hemos venido, porque debe de estar aguardándonos el coche.