—¿No nos dará tiempo para que yo compre unos caracolillos?
—Le van á llevar á usted un dineral por lo que puede coger de balde en el arenal otro día: lo mejor será que compre usted en Santander esa peregrina que tanto desea.
—Aprobado, y vamos al coche... y aprisica, porque ya veo á las dos compañeritas que entran en él.
—Cuando le digo á usted que le han mareado esas dos criaturas...
—La verdad, me gustan mucho... Ya se ve, está uno hecho á aquel gentío de Campos... que lo que es bueno, por decir bueno, ya es; pero... vamos, le falta, como si dijéramos, la salazón que tiene esto de por acá... Conque nosotros ¿otra vez á la delantera?
—Si usted no prefiere ir adentro para ofrecer sus respetos á las consabidas...
—¡Quiá, hombre, quiá! ¡pues estoy yo ahora de buen pelaje para echármela de fino con gente tan emperejilada!... Una cosa es que me gusten y otra que yo me alborote... Vamos, vamos á la delantera... Pues ahora entra la del rincón... y ha vuelto á ser gorda otra vez... ¡Anda, y dile á tu padre que te dé para libros, y el que no te conozca que te compre! Lo que yo veo es que delante de la cara de Dios no valen trampas, y han de salir muchas á relucir el día del juicio, porque allí todos hemos de estar peor vestidos que los bañistas del Sardinero chico, por no decir tan desnudos como los del Sardinero grande... ¡Cómo jadean estas pobres bestias! ¿Están en este trajín todo el día?
—Justamente.
—No le envidio las ganancias al empresario.
—Y por de pronto, ¿qué opina usted de estos baños, tal cual hoy los ha visto? Vamos á ver; cuénteme usted sus impresiones.