—¿Mis impresiones, eh? Pues le diré á usted.—Me gusta muchísimo la mar, y deben de ser muy provechosos los baños de ola, cuando tanto se recetan; pero les tengo un poquillo de respeto, y, á la verdad, tomándolos en coche los encuentro bastante carillos. Me entusiasma la franqueza que reina en el arenal, donde se olvidan de sus escrúpulos y etiquetas, sexos, condiciones y catigurías; y es de sentir que no se tome en la ciudá alguna parte de este sistema, ya que está probado que cabe de lo bien hasta en las señoras mujeres. Franqueza, sí, señor, franqueza. Éste es el modo de que nos conozcamos á fondo los unos á los otros. Vea usted: yo tenía hasta hoy á las damas por una cosa así... vamos, que hasta el aire las hacía daño; y ahora que las he visto correr descalzas y, como si dijéramos, en camisa por el arenal, echar un párrafo con un amigo en ropas menores, y jugar con las olas como quien juega á los litos, voy creyendo que tienen más correa que nosotros. ¿Y qué me dice usted de lo físico? Es verdad que, por regla general, todas las mujeres pierden en traje de baño; pero también es cierto que la que así nos gusta le asegura á uno de desengaños para toda la vida; como que, hoy por hoy, yo me atrevería á aconsejar á todos los amantes á macha-martillo que, á no estar muy seguros, muy seguros de que al respetive eran rollos de manteca, no se citasen en las olas del Sardinero... ¡Cuidado si las tales olas son enemigas de artificios y mentiras! Dígalo si no la consabida compañera del rincón... ¿pues no se quedó la indina más seca que un espárrago en cuanto se arrimó á la playa sin los ringo-rangos que ahora lleva encima?
—Eso le probará á usted que hay mentiras físicas y morales, dado que el género humano no puede ser perfecto, que son indispensables y hasta meritorias. He aquí por qué yo no perdería la ilusión si encontrase á mi novia en el Sardinero con algunas libras de peso menos de las que yo le había supuesto en el paseo... Y conste que mi opinión no vale para aquéllos que eligen las mujeres por libras y trapío, como si fueran toros de lidia.
—Pues mire usted, confieso con toda franqueza que he sido siempre un poco llevado de esa debilidad.
—¿Sí? Pues en ese caso procure usted no frecuentar el Sardinero en época de baños; y sobre todo, báñese usted en él las menos veces que pueda, que si las mujeres azotadas por las olas pierden casi todos sus muchos físicos atractivos, los hombres en idéntica situación... también tenemos que ver.
—Me ha convencido usted: ya no vuelvo al Sardinero.
—Hará usted muy mal. Lo que usted debe hacer es lo que hago yo: no tomar las mujeres al peso; de este modo, y pensando siempre en mis propias flaquezas, me baño en el Sardinero sin ver las de los demás.
—¡Canario! pues creo que tiene usted razón. Desde mañana me voy á bañar á las olas, y he de tratar de contener este pícaro genio reparón, aunque pase por delante de mí la misma estampa de la muerte.
—Usted me dará las gracias si es firme esa resolución.
—¿Que no?... Vayan á cuenta esos cinco, y abajo, que ya llegamos.
—Tome usted esos diez... y hasta la vista.