NOTAS:
[10] Tenga presente el lector que conozca los dos Sardineros de hoy con todos sus accesorios, tan distintos de los que aparecen en este cuadro, que la última edición de él se hizo en 1871.—(N. de la ed. de 1887).
IR POR LANA...
I
Nutrida de carnes, sana de color, ancha de caderas, roma de nariz, alta de pecho, alegre de mirada y frisando en los veintidós, Fonsa, hija de un viejo matrimonio cargado de trabajo, de arrugas y privaciones, era quien se llevaba la palma entre todas las mozas de su lugar. Rondábanla por la noche y bailábanla á porfía los domingos en el corro los mozos más gallardos; poníanle arcos de flores á la ventana durante la velada de San Juan, y la hacían, en fin, objeto de cuantas manifestaciones es susceptible la rústica galantería montañesa.
Pero Fonsa no era feliz, á pesar de todo. Su único hermano había marchado á América poco tiempo hacía, y dos amigas y convecinas que servían en Santander, se habían presentado en el pueblo con vestido de merino de lana y botas de charol. Lo primero la tenía en constante esperanza de ser señora; lo segundo la hizo reparar más de lo conveniente en que ella aún vestía bayeta y percal, y que, descalza casi siempre, se pasaba lo más del año cavando la tierra y sufriendo la inclemencia del sol y del frío. Por eso se dijo una vez, á su modo, por supuesto: «Mi hermano me ha prometido hacerme una señora principal, pero mañana ú otro día; y de aquí allá, ya hay lugar para morirse de hambre. Yo podía, para entretener mejor el tiempo, irme á servir á Santander, donde dicen mis compañeras que se divierten mucho y comen y se visten bien y trabajan poco».
Y á Fonsa empezó á quitarle el sueño el condenado gusanillo de la ambición, que está haciendo y ha hecho en la Montaña más estragos que el oidium, la epizootia y el cólera juntos.
Los padres de la ilusa muchacha, tan pobres de criterio como de bienes de fortuna, soñaban como ella en riquezas y señoríos, y miraban con repugnancia la escasa tierra que labraban, como si no fuese capaz de prestarles lo necesario para cubrir sus cortísimas necesidades; así fué que, al conocer las pretensiones de Fonsa, en lugar de darle un par de moquetes por atreverse á aspirar á la lana y al charol de sus amigas, sin saber antes cómo lo habían ganado, y á abandonar á los pobres viejos al rigor de los trabajos campestres, superiores á sus ya cansadas fuerzas, aceptaron el plan como una inspiración de Dios, aunque con la condición precisa, porque los viejos eran honrados á carta cabal, de que Fonsa había de entrar á servir en casa conocida y de prencipios, donde se mirara por ella con interés.