El pendolista arañó la pared para sacar polvos, cubrió con ellos la carta y la cerró con pan mascado; púsola el sobrescrito, y dándosela al tío Celedonio, llevóla éste á la estafeta del lugar.

Ocho días después contestó doña Remedios diciendo que había encontrado una casa de su confianza, en la cual podía servir Fonsa.

Entonces llamó tío Celedonio á su hija, y la habló en estos términos:—«Á Santander vas á dir, probe sí, pero con muchísima honra. Si sé que te sales de la casa onde te meta doña Remedios, sin el aquél de su permiso, y si, pinto el caso, faltas al respeto á tus amos ó levantas los ojos del suelo cuando te reprendan, malos lichones me jalen si no voy á la ciudá y te traigo á casa entre ceviles. Y si, llevá de malas compañías, faltas al temor de Dios y te das á picos pardos, nuestra Señora de las Angustias te ampare, porque yo te descuartizo».

Oído con respeto este sermón, Fonsa arregló su pequeño equipaje, cerróle en un arca de pino, y con ella sobre la cabeza salió de su pueblo dos días después, acompañada de su madre.

La cual hizo solemne entrega de su hija á doña Remedios, quien, á su vez, entregó la muchacha á la familia á que había de servir.

Volvió á oir Fonsa de boca de su madre el mismo sermón que le echó en el pueblo su padre, y convencida la pobre vieja de que dejaba asegurado el porvenir de su hija, compró un rosco de vasallón y se volvió tranquila á comerle con su marido al amor de los tizones, y á continuar bregando con los terrones y las vacucas.

II

Empezó Fonsa su servicio rompiendo mucha vasija y empleando toda su escasa inteligencia en aprender su modesta, pero transcendental obligación.

Hacía los recados en un periquete, porque le asustaban el ruido y el movimiento de las calles, y en ninguna parte se hallaba tranquila más que en el rincón de la cocina. No quería salir los días de fiesta, porque «no se amañaba» con las diversiones de la ciudad; y recordando los bailes y los cantares de su lugar, se llevaba la tarde suspirando y hasta llorando, acurrucada en el balcón del comedor.

Pasaba la pena negra cada vez que iba á la fuente, porque le pasmaba el extenso semicírculo de criadas que, sentadas sobre sus respectivas herradas, esperaban la vez para coger. Aquellas mujeres hablaban á gritos, reñían casi siempre entre grotescos ademanes y contorsiones, y no era su más rara ocupación desollar la opinión de sus amos, sacando á relucir secretos sorprendidos á la familia, y no pocas invenciones calumniosas. Según aquel congreso de ingratas y desleales, todas sus amas eran roñosas, todos sus señores impertinentes, todos sus señoritos dulces y afables, y todas sus señoritas gazmoñas y fastidiosas. Hablaban el pejino, es decir, con el tonillo acentuado característico del pueblo bajo de Santander; y hasta la peor ataviada de todas ellas vestía casabeca, aunque muy sucia, y tenía el pelo en rodete. Fonsa, con el acento de su lugar, había dicho, aludiendo al botijo que tenía en la mano, que llevaba media hora esperando y que tuvía estaba vacía. Estas expresiones valieron á la pobre muchacha una rechifla espantosa, haciéndole saber, para en adelante, algunas fregonas compasivas, que debió haber dicho «entodavía está vacido». También la advirtieron que el nombre de Fonsa era aldeano, y que en la ciudad se decía Eldifonsa. Todo esto, más la circunstancia de andar la sencilla moza con justillo y en mangas de camisa y gastar el pelo en moño, había hecho que la llamasen sus colegas de la fuente arlotona y ordinaria. Por supuesto que las cultas fregatrices eran, sin excepción, tan aldeanas como Fonsa; pero llevaban algún tiempo más que ella en la ciudad, y bien sabido es que no hay peor cuña que la de la misma madera.