Cuando la hija del pobre Celigonio Calostros se retiraba á casa con la herrada en la cabeza, al paso que bendecía á Dios porque, según las trazas, le había procurado para servir la única familia buena que había en Santander, suspiraba de pena al considerar todo lo que tenía que aprender para colocarse á la altura de sus correctoras de estilo.
Así se pasó algún tiempo.
Poco á poco la rolliza aldeana fué perdiendo la corteza que obscurecía el claro color natural de su cara; la esmerada y nutritiva alimentación que le daban en casa de sus amos redondeábala más y más cada día; se ajustaba con todas sus fuerzas la cintura y estudiaba con cuidado el modo de vestir de sus comprofesoras para cuando sus medios le permitiesen adquirir el anhelado traje de lana y las botas de charol. Sus dos paisanas le decían que estaba ya más vistosa que en la aldea, y que se iba afinando.
Un día, al volver de la fuente, se le acercó un joven chupando un puro de á cuarto y vestido con el traje de estos artesanos, es decir, heterogéneo en sus piezas, pero poco limpio.
—¿Necesita usted, prenda—dijo á Fonsa mirándola con terneza,—que la ayuden á llevar la herrada?
—¿Qué se le importa al demontres del?...—respondió la interpelada con acento y gesto más duros que los aros de su herrada.
—No se ofenda usted, buena moza, que lo pregunto con el corazón más tierno y la más fina voluntad.
—Que le digo que me deje en paz y no me prevoque... ¡Cuidao que tien que ver!
—Repito, joven, que no quiero faltarla á usted, porque sépase usted que no es ésta la primera vez que mis ojos se han quedado ciegos al ver los resplandores de ese cuerpecito tirano.
—Sí, sí; mucho de palique, y aticuenta que ná.