—Es usted una ingrata.

—Y usté un lenguatón mal enseñao.

—Ya se arrepentirá usted algún día de haber recibido tan mal mis finezas.

—¡Ya me voy arrepintiendo! Pus si yo juera á creer... ¡Madre de mi corazón! Valiérame más un cólico cerrao que me llevara en un periquete. Güenos son los hombres de la ciudá, trapaceros y embusterones.

—En la ciudad hay de todo, Alifonsa; y aunque me esté mal el decirlo, soy un artesano honrado que sabe obsequiar finamente á una joven tan interesante como usted.

—De manera es que como una no debe, vamos al decir, corresponder al respetive de lo primero que la cantan...

—Por eso yo la pido á usted su correspondencia para cuando mis finos obsequios la prueben que no he querido engañarla.

—Eso ya es otra cosa... Velay. Ya espienzo yo ahora á cogerle un poco de ley, siquiera por el aquél de la formalidá.

—En cuanto á lo demás, aquí me tiene usted; y creo que, mejorando lo presente, no soy del todo mal personal.

—Tocante á eso, hijo del alma, no hay una mujer menos reparona que Lifonsa; y aunque fuera más feo de lo que es...