—No creo que lo soy tanto, Alifonsa.

—Vamos al decir, que es usté chumpao de cara, y tiene así un demontres de bocico de juriacagüevos; y dimpués es mal empernao de patas y malaspenas acanza á la talla... Pero, como yo digo cancia mí: sea el hombre honrao, que lo demás no vale dos anfileres.

—¿Es decir, no dándome por ofendido de la semelitura que acaba usted de hacer de mi personal, que usted corresponde á mis finezas?

—¡Cá! Entodavía no.

—Pero á lo menos no me negará usted su conversación cuando se la pida.

—Tocante á eso... puei que no... Y mire, no me jeringue más, que pasucu á pasucu hemos allegao al portal de mi casa, y puei que la señora nos haiga echao ya el ojo.

—Entonces no canso más. ¿Y se puede saber en qué piso sirve usted?

—En el segundo.

—Pues ahora me retiro satisfecho... Por supuesto, con la condición de...

—¿Condición y tou, eh? Pusándese con chunfleterías así, y verá si le echo encima toa el agua de la herrá y le hago dirse echando centellas.