—Vamos, no he dicho nada entonces. Quedar con Dios hasta... ¿hasta cuándo?
—Hasta que me dé á mí la gana.
—Corriente, y no hay que ofenderse, Alifonsa. Conque, á más ver.
Y tras esto se separaron Fonsa y su cortejante. Fonsa, bufando como una gata montés, subió las escaleras de su casa; su derretido galán siguió calle adelante, recorrió otras muchas y no se detuvo hasta que encontró al ciego de la bandurria. En Santander hay siempre un ciego que toca admirablemente este instrumento, y una mujer que le sirve de guía y le acompaña además con la guitarra.
—Á las nueve en punto en la calle de San Francisco,—dijo al ciego lacónicamente el mozo que le buscaba.
—No puede ser á las nueve: tengo una boda á esa hora.
—Pues á las ocho y media.
—Corriente. ¿Serenata ó paseo?
—Serenata.
—¿Cómo se llama?