Fonsa estaba aplanada de sorpresa, de terror y de gozo, todo junto. Pero aún se aplanó más cuando la adivina le hizo el resumen de sus investigaciones cabalísticas en estos términos:
—Un caballero bien parecido y muy principal se prendará de tí, y esto te lo hará saber á la hora menos pensada por medio de una mujer morena con un lunar en el carrillo izquierdo, una verruga debajo de la nariz y vestida de obscuro, con un pañuelo á la cabeza. El caballero hará tu suerte si no te niegas á nada de lo que te ordene ni de lo que disponga la mujer que ha de hablarte de su parte. Tendrás por de pronto el vestido de merino y las botas de charol que deseas, y estarás muy poco tiempo sirviendo, porque tú has nacido para mayores puestos. No dirás nada de todo esto á tu familia, ni á tus amos, ni á nadie, mientras no empiece á cumplírsete. Apurre ocho cuartos y vete bendita de Dios, que algún día me darás las gracias.
Con mano trémula sacó Fonsa de la faltriquera las monedas que le pedía la adivina; y no digo ocho cuartos, ocho mil la hubiera dado si los hubiera tenido á su disposición. ¡Por cuatro monedas viles de cobre una fortuna!
Hecho el pago de los ocho cuartos, salieron de la zahurda las dos amigas, acompañándolas hasta la puerta la especie de fiera que la habitaba.
Fonsa, cuando á la calle salió, no vió la luz del sol, ni la gente que encontraba, ni el camino que seguía: toda su poca razón estaba ocupada en desmenuzar las risueñas promesas que acababa de hacerle la adivina.
Así volvieron á la Plaza de la Verdura, donde la amiga de Fonsa hizo una seña muy expresiva á cierta mujer que se hallaba vagando, como sin objeto determinado, entre las banastas de frutas y repollos.
La mujer se acercó en seguida á las dos muchachas, y Fonsa al verla dió un respingo. Había encontrado en ella todas las señas que la adivina le había dado de la persona que debía anunciarle su felicidad.
—¿Á dónde va lo bueno?—dijo la recién llegada á las dos amigas.
—Pus aquí voy con Eldifonsa,—respondió la mentora de ésta recalcando mucho el nombre.
—¿Eldifonsa has dicho?