—Sí, señora: Eldifonsa, una muchacha que vino de la aldea pocos meses hace...
—¿Y que sirve en casa de...?
—Doña Liboria, que vive en la calle de San Francisco...
—¡La misma, hija! Vea usted si la suerte lo dispone bien. Pues tengo que hablar contigo una cosa de mucha importancia, Eldifonsa... ¡Y vaya si tienes todas las señas que me han dado!
—Entonces las dejo á ustedes solas para que hablen más á satisfacción—dijo la pícara fregona disponiéndose á marcharse.—Mira, Eldifonsa—añadió,—la señora es de toda mi confianza, y lo que ella te diga ha de ser para tu provecho. Conque quédate con Dios, y usted lo pase bien, doña Rosaura.
Y se fué la muy pícara.
Fonsa se quedó con la llamada doña Rosaura, sin saber lo que le pasaba. Tantas coincidencias juntas eran para dar al traste con otra razón menos dormida que la suya.
—Tengo que hablarte de parte de un caballero que te estima,—dijo de sopetón doña Rosaura.
Oir esto y caérsele á Fonsa la cesta que llevaba al brazo, fué todo uno.
—¿Conque de parte de un caballero... que me estima?—tartamudeó al cabo la inocente borrega, pellizcándose las uñas.