—Cabal,—insistió doña Rosaura, estudiando minuciosamente los efectos del aturdimiento de su víctima.
—Y güeno, ¿y qué?—añadió ésta deseando saber algo más.
—Pos, hija de Dios, bien claro está: cuando pasan rábanos... y la ocasión dicen que es calva. El caballero desea verte; principal, ya es bien principal, y por lo que hace á campechano, no hay nada que pedirle; y, según las trazas, está muy prendado de tí... Posupuesto, hija mía, que yo en este asunto no soy más que una amiga de buen aquél que se presta á servir á un amigo á quien se deben favores. «Que Fulana me gusta y no puedo hablarla en la calle por el bien parecer»; que veo yo á Fulana y la digo de parte de esa persona que esto, que lo otro y lo de más allá, como ya has oído... Y velay lo que pasa... Conque tú dirás.
—Y á usted, ¿qué le paece?—preguntó Fonsa con voz insegura, después de meditar un rato, durante el cual recorrió muchas veces con los dedos los tres lados sueltos de su delantal.
—¿Que qué me paece á mí?—respondió la supuesta embajadora, penetrando con su mirada hasta el último rincón de la flaca mollera de la sirvienta.—Pues á mí me paece, hablándote sin rodeos, que debes aprovechar la ocasión que se te presenta de salir de miserias. ¡Vaya! ¡pues no faltaba más! ¡Una moza tan arrogante como tú, vestida todavía con cuatro pispajos, cuando las más enfelices de las de tu clase gastan lana y charol y paecen unas señoras prencipales!
¡Lana! ¡Charol! Pronunciar estas palabras junto á las orejas de Fonsa, era soplar el fuego, empujar el cuerpo que rueda al abismo.
—Pero ¿sabe usted si ese caballero, vamos al decir, desea hacer mi suerte sólo por el aquél del beneficio?—objetó la moza luchando con sus últimos escrúpulos.
—Eso no se pregunta—replicó doña Rosaura, afectando resentimiento...—Pero ¿de qué tierra vienes tú, mujer, que todavía te paras en esos inconvenientes? ¡Ave María, qué poco conoces el mundo!
—¡Ay, doña Rosaura, que dicen que está perdío!
—Cuatro gazmoñas que desean echarse á perder, y ni así se acuerda nadie de ellas.