—Con too y con eso, ¡si tuviera yo aquí á mi padre para pedirle consejo!...

—¡Líbrete Dios de ello!—exclamó la consejera con una viveza como si hubiera pisado lumbre.—Á los padres siempre les ciega el cariño que tienen á los hijos, y por el afán de apartarlos del mal, los privan del bien muy á menudo. Desengáñate, Eldifonsa: si quieres aprovechar la ganga que se te ofrece, no solamente no has de decir una palabra sobre el asunto á tu familia ni á tus amos, y has de guardar el secreto hasta en sueños, sino que has de obedecer ciegamente, en todo lo que te ordene, á la persona que te busca.

Esta última condición, por ser la misma que le impuso la adivina, acabó de aturdir á Fonsa. Creyó á puño cerrado que se hallaba bajo una influencia sobrenatural, y dando al traste con su último reparo, entregóse á discreción á la voluntad de doña Rosaura.

Ésta, que no quería perder tiempo, se apresuró á preguntarla:

—¿Cuándo te toca salir?

—Yo salgo todos los días de fiesta por la tarde, hasta el anochecer.

—Mejor sería hasta un poco después de anochecido; pero, en fin... Hoy es sábado; espérame mañana por la tarde á las cuatro en este mismo sitio, vestida con la mejor ropa que tengas.

—¿Aónde vamos á dir?

—Aonde yo te lleve. Y te vuelvo á advertir que te dejes manejar de mí y del caballero, si no quieres que se lo lleve todo la trampa; y ni en sueños se te escape nada de lo que aquí hemos hablado; y mucho cuidao también con no darte por conocida mía cuando vayas con alguno, sobre todo con la señora.

—Curriente.