—Entonces, hasta mañana... y mira que si faltas, contra tí harás.
—No faltaré, doña Rosaura.
—Ya me darás las gracias algún día.
—¡Dios lo quiera!
Y las dos mujeres se separaron.
Fonsa, hechas las compras que se le habían encargado, volvió á casa dos horas después de lo que debía, y oyó por esta falta tempestades de su ama y estuvo á pique de ser despedida por algunas respuestas descaradas que devolvió. Pasó todo el día y la mayor parte de la noche preocupada y luchando con el recuerdo de los consejos de su padre, con el de los augurios de la adivina y con el de las proposiciones de doña Rosaura. Á veces temía algo que no veía claro, y medio se decidía á no asistir á la cita; pero las raras coincidencias de la víspera, aquellas promesas de fortuna hechas por la monstruosa vieja y puestas por la otra mujer á dos dedos de la realidad, no eran para desechadas sin levantar antes por lo menos la punta del velo misterioso. Durmióse, pues, en estas reflexiones, amaneció el día siguiente, llegó la una de la tarde, comieron sus amos á las dos y media, fregó la vasija, vistióse lo mejor que pudo á las tres, y á las cuatro en punto se hallaba en la Plaza de la Verdura saludando á doña Rosaura, á cuyo lado marchó en seguida por la calle de Atarazanas adelante, y llegaron á la Cuesta del Hospital... y se eclipsaron en una de sus afluentes callejuelas.
V
Aquí hay un paréntesis de algunas horas. Fonsa no vuelve á presentarse en escena, en la escena que nos es lícito contemplar, hasta muy entrada la noche. Entonces se la vió, á la escasa luz de los faroles, caminar calle abajo hecha una exhalación, tomar por el Arco de la Reina, entrar por Puerta-la-Sierra en la calle de San Francisco y llegar al portal de su casa. Gruñendo como una jabalina, recibió de su ama la advertencia de que al día siguiente sería despedida, supuesto que sus faltas, lejos de corregirse, iban haciéndose más graves cada vez; dirigióse rápida á su alcoba; rompió un cristal de la puerta al cerrarla con furia; cambió su traje de gala por el de diario; fué á la cocina y se empeñó en avivar el fuego del hogar vertiendo agua sobre los tizones, y sazonó las alubias con azúcar y echó media libra de pimentón en la compota. Al conocer tanta torpeza, se tiró de los pelos, lloró de coraje y maldijo en sus adentros á la adivina, á doña Rosaura y á la picara que se las había dado á conocer. Porque es de advertir que Fonsa, á pesar de su roma inteligencia, había empezado á sospechar que era la víctima de una infame combinación preparada contra ella; siendo lo peor del lance que ya no podía retroceder, porque en ciertas situaciones, como al borde de un abismo, el primer paso decide la caída, y Fonsa acababa de darle corriendo ciega tras la confirmación de las risueñas profecías.
En vano buscó más tarde un poco de tranquilidad entre las dulzuras del sueño; este caballerito sólo dispensa sus favores á los muy felices ó á los muy perdidos, y Fonsa, aunque no pertenecía al grupo de los segundos, estaba aquella noche muy lejos de ser de los primeros. Así es que se la pasó en claro, batallando sin cesar con sus recuerdos y, sobre todo, con el de los dos pobres viejos que en tanto tenían su acrisolada honradez. Y tal la carcomía y la impresionaba éste, que llegó á ponerse febril. Entonces se le representó la cara del tío Celedonio más avinagrada y más contraída que nunca; vió la mano del viejo campesino levantarse, armada de un palo de acebo, y hasta sintió sobre sus costillas la impresión de un furibundo garrotazo. Aparecíansele también en su delirio la casa de la adivina, y su amiga, y un millar de barajas dispersas, y un señor que la echaba onzas y más onzas sobre el delantal, y el delantal se llenaba de ellas, y caían después por el suelo y nunca acababan de caer, y veía culebras que se convertían en vacas y subían por la cuesta del Hospital detrás de doña Rosaura, que iba vestida de escajos y tenía cabeza de raposa y cola de lagarto; después asomaba un señor por una bocacalle, daba un silbido, se espantaban las vacas y la corneaban á ella, que salía de un portal muy largo, muy largo, muy largo, con vestido de merino de lana y botas de charol; después se quería levantar, y venía su padre con un garrote lleno de nudos y la molía las costillas; luego pasaba la adivina sorbiendo tabaco y royendo un mendrugo, y se comía á su padre de un bocado, y le daba un beso á ella, y de aquel beso salían barajas, barajas, barajas y muchísimas botas de charol que recogía en la falda del vestido; después se ponía á probárselas encima del campanario de su lugar, bajo el cual estaba su rendido novio echándola una copla al son de la bandurria y llorando al mismo tiempo á moco tendido. En esto arreció el viento, zarandeó el campanario y la despidió por los aires. Vuela, vuela, vuela y cae, cae, cae, parecióle haber estado bajando más de tres días, al cabo de los cuales llegó al suelo... y volvió en sí. Restregóse los ojos, vió la luz del crepúsculo de la mañana, orientóse por completo, suspiró con la más negra pena y se levantó.
No bien hubo desempeñado las primeras faenas de su cargo y se desayunó, le puso la señora la cuenta en la mano y la plantó en la escalera. Lloró entonces Fonsa muchas lágrimas, y las lloró con el corazón; pero se abstuvo de implorar misericordia, porque reconoció todas sus culpas y se penetró de que su ama no había de creer en su arrepentimiento.