Una vez en la calle, y puesto que, por entonces, no tenían remedio sus pesares, se dedicó á recorrer tiendas, y compró el suspirado vestido, las anheladas botas y aún algunas prendas más, y todavía le quedó dinero sobrante. En la mañana del día anterior no le hubiera sido posible adquirir ni siquiera el vestido con el saldo de su cuenta. Convengamos en que los pronósticos de la adivina no fueron del todo descabellados.

Con sus nuevas galas en la arquilla, que llevaba consigo, se encaminó á la Plaza de la Verdura, centro obligado de esta clase de gente. Allí encontró, al llegar, á doña Rosaura. Requemósele un poco la sangre á su vista, y aun quiso decirle cuatro frescas; pero tales trazas se dió la caritativa mediadora, que acabó Fonsa por mostrársele muy reconocida... y por aceptar su casa para vivir mientras no hallase colocación.

Entre tanto supo doña Remedios que su recomendada había sido despedida, y avisó inmediatamente á tío Celedonio para que le sirviera de gobierno, añadiéndole que Fonsa no se le había presentado aún á participarla el suceso, lo cual no le daba muy buena espina.

Mientras llegó la carta á la aldea, y lo supo tío Celedonio, y la sacó de la estafeta, y halló quién se la leyera, y le lavó su mujer la camisa fina, y secó ésta, se pasaron ocho días, al cabo de los cuales entró el pobre aldeano en Santander, resuelto á llevarse á su hija á machacar terrones si las disculpas que le diera no le satisfacían completamente.

Dos días antes había sido colocada Fonsa en una casa que le proporcionó su amiga, aquella buena pieza que la llevó á ver á la adivina. Allí la encontró su padre; y aunque le repitió doña Remedios que no la había visto desde que fué despedida y que no le gustaban las noticias que de su comportamiento le había dado la familia á que acababa de servir, como los nuevos amos no le dijeron nada malo de su hija, y como ésta, entre protestas, lágrimas y disculpas, le entregó enterito el saldo de su cuenta, tío Celedonio se dió por muy satisfecho y se volvió á la aldea, creyendo de todo corazón que Fonsa estaba en grande y que nada tenía que temer por ella. Quedóse, pues, otra vez en Santander la temeraria muchachona, libre de la tutela de doña Remedios, y descuidada, por entonces, en cuanto á sospechas y recelos de su familia.

Durante los seis días que vivió con doña Rosaura consiguió ésta hacerla transigir con muchos escrúpulos. Fonsa comprendió al fin qué género de prosperidad era el que le habían dispuesto entre la adivina y sus agentes, y no deliró, como la noche de marras, al conocer tan triste verdad; en una palabra, Fonsa no aceptó su situación sin cierto disgusto, pero se resignó á ella. Doña Rosaura quiso más aún y obró en consecuencia.

No llevaba la inexperta muchacha quince días de servicio en casa de sus nuevos amos, cuando su amiguita le dijo:

—Es preciso, Eldifonsa, que cambies de clase: ya tienes ropas como la más peripuesta y estás afinada que pasmas; tienes que dejar de ser cocinera y tratar de ser doncella.

—¡Á güen tiempo te alcuerdas!—respondió Fonsa con una sinceridad admirable.

—Nunca es tarde para eso, chica.