—Vaya un arte de doncella que tengo yo, que ni sé planchar, ni recibir como se debe á las señoras, ni amañarme con toas esas zarandajas del oficio.

—Todo eso se aprende en tres días. Y por de pronto, vas á dejar de ir al Reganche los domingos y te vas á venir conmigo al Relajo, para que empieces á tratar gentes de mundo.

—¡Al Relajo! ¡Pero si en mi vida he bailao por lo fino!

—Ya te enseñarán allí mismo.

El Relajo, El Crimen, La Chaqueta al hombro, El Infierno, etc., son otros tantos salones de baile que han gozado, y aún gozan algunos de ellos, gran boga en Santander entre las fregonas más desastradas y los aficionados á este género desastroso. Cómo en esos salones se baila y cómo se conduce en ellos la concurrencia, lo dicen bien gráficamente los títulos de las mismas sociedades.

Fonsa entró un domingo con su amiga en el Relajo; y se aturdió por de pronto al ver aquella multitud de personas que giraban, aullando como bestias, en brazos unas de otras, al son de una murga estridente y bajo una atmósfera de tabaco y aceite de candil. Poco á poco se fué orientando; y como era frescachona y rolliza, cosas bastante raras en aquel agosto nauseabundo, pronto se halló solicitada por un sinnúmero de caballeros que aspiraban á la honra de bailarla. Quiso excusarse diciendo que no sabía bailar; pero lo puso peor así: todos se brindaron á enseñarla. Una chica que no sabe bailar es una ganga en semejantes salones: primero, porque revela cierta inocencia de costumbres muy envidiable; y segundo, porque enseñarla á bailar es lo mismo que estar autorizado para estrujarla, resobarla y exprimirla. Fonsa cayó en manos, mejor dicho, en brazos de un maestro que había sido en Madrid estudiante de medicina catorce años seguidos sin haber ganado tres cursos. Después bailó con un corneta de la guarnición, y, por último, con un corista del teatro, á quien le faltaban la campanilla y media nariz.

—¿Qué tal?—le preguntó la amiga al salir del baile.

—¡Manífico, chica!—respondió Fonsa.—Al escomenzar me dió algo de vergüenza; pero en seguida la perdí toa... Mucho empujón y muchísimo pellizco me han dao, eso sí; pero también te aseguro que me he divertío de lo güeno... Y que al mesmo tiempo he aprendío el valseo y las habaneras, ¡vaya!... ¡Y bien que me gustan! ¡Güeña deferiencia va de esto al Reganche!... Vendremos todos los domingos, ¿eh?

La amiga, como era de esperar, aplaudió tan buenos propósitos.

Para abreviar: Fonsa perseveró tanto en ellos, que antes de tres semanas fué despedida de la casa en que servía, y en vano trató de entrar en otras en calidad de doncella. Su vida agitada la impedía cumplir con sus deberes domésticos, y encontraba insoportable la sujeción y mezquino el sueldo que ésta le proporcionaba. Declaróse, pues, libre y se instaló en casa de doña Rosaura.—No aspiraba ésta á otra cosa.