Así vivió dos meses, entregada de lleno á las emociones del baile y á otras aún de peor calidad; hízose popular en los salones del Relajo, del Crimen y del Infierno, y continuó progresando en esta senda, hasta que no tuvo el diablo por donde desecharla.
Supo tío Celedonio algo de lo que pasaba: vino á Santander, obligóla á irse con él al pueblo, la arrimó allí un par de palizas de padre y muy señor mío, y la hizo trabajar en las más rudas faenas de la labranza. Pero Fonsa no era ya capaz de soportarlas; y un día, muy tempranito, hizo un lío con su mejor ropa y desapareció de la aldea. Buscáronla sus padres con el ahinco que ustedes pueden imaginarse, pero todo fué en vano: Fonsa no volvió á parecer para los pobres viejos, que se murieron algún tiempo después rogando á Dios por ella.
¿Adónde había ido? ¿Cuál fué su paradero?
No contándose segura en Santander, adonde volvió cuando se escapó de casa, largóse á Madrid con el doble objeto de continuar su carrera en mayor escala y vivir más á cubierto de la persecución de su familia. Entregóse en la corte á todo género de licencias; perdió muy pronto las pocas gracias que debía á la naturaleza; y hambrienta, casi desnuda y enferma, cayó una noche de enero sobre un montón de basura en un rincón de una plazuela, y allí se recogió al amanecer su rígido cadáver.
AL AMOR DE LOS TIZONES
Porque hace música, y literatura, y política, y sorbe tes dansants y chocolates bulliciosos, y juega al ecarté... y á la banca en los salones, piensa la gente del «gran mundo» que ella sola sabe sacar partido de las largas noches del invierno. Llenas están las columnas de la prensa periódica de almibaradas revistas y hasta de poemas garapiñados que me lo hace creer así. Pero la gente susodicha y sus melifluos infatigables salmistas se equivocan de medio á medio, como voy á demostrarlo con hechos, que son argumentos sin vuelta ni revés; y con hechos que no han de proceder de la vida y milagros de la benemérita clase media que, por horror innato á su propia medianía, vive en perpetuo remedo aristocrático; ni tampoco de los anales de los sabañonudos gremios horteril, especiero y consortes, rebaño que ya viste frac, toma sorbete y baila con guantes los domingos, y forcejea y suda por eclipsar el brillo social de la clase media. Para que el éxito de mi tarea sea más completo, he de buscar los hechos prometidos en una esfera mucho más distante, en grado descendente, de la en que reside la encopetada jerarquía que, por no saber en qué dar, da con frecuencia en vestirse de estación, y de nube, y de astro... y de no sé cuántas cosas más; he de buscarlos, repito, entre los más sencillos aldeanos del más apartado rincón de la Montaña, contando, por supuesto, con que sabrán otorgarme su indulgencia aquellos señores del buen tono por el crimen de lesa etiqueta que cometo al oponerles, siquiera por un instante, un parangón tan grosero, tan inculto, tan cerril.
Y hecha esta importante salvedad, dejo al arbitrio del más escrupuloso lector la elección del pueblo... ¿Ése? Corriente.
Treinta casas tiene; se divide en dos barrios, y en cada uno de ellos hay un acabado modelo de lo que yo necesito: una hila.