Y cuenta que al hacerlo me cabe la persuasión de que en ello rindo un tributo que, en buena justicia, se debe á las rancias costumbres de mi tierra. Siglos, acaso, hace ya que en ella están siempre abiertas centenares de cocinas á la mayor recreación del vecindario. En ellas vienen exhibiéndose millares de bellezas vigorosas, de ingenios peregrinos, de tipos y escenas que hubieran envidiado, para su gloria, los pinceles de Goya y de Theniers; y no obstante, no han logrado una pluma que los ensalce y los sahume, ó siquiera los reviste á la faz del público, hoy que en el «gran mundo» no se come una mala raja de salchichón, ni se hace una cabriola, ni se suelta un vocablo ingenioso, sin que las cien trompas de la fama cuenten, enaltezcan y sublimen el suceso desde el folletín de los periódicos más en boga, y le lleven en alas de éstos hasta el último confín de la tierra.
De lamentar es, por otra parte, que la falta de esas plumas privilegiadas haya de repararse con la mía, indigna, por tosca y mal tajada, de empresa tan difícil; pero si la buena intención es algo, á la que me guía me amparo por excusa, y en ella confío para que los apreciables tertulianos de tío Selmo Lombío me dispensen su más amplia y cordial indulgencia al encontrar sus retratos en las humildes páginas de este libro.
Nada más grato para tía Ramona, nada que más la recree, que ver llegar al último de sus tertulianos y contemplarlos en seguida á todos llenando los tres bancos de la cocina.
Para solemnizar debidamente momentos tan placenteros, toma del rincón de la leña la mejor mata de escajo, y la arroja sobre el montón de gruesos tizones que empiezan á quemarse en el llar. La vacilante escasa llama prende las secas apiñadas espinas de la mata, y bien pronto una columna de fuego sube chisporroteando hasta más arriba del sarzo del desván, iluminando los rostros de la hila sobre el fondo negro lustroso de las ahumadas paredes, con una luz que entusiasmara á Rembrandt, si dado le fuera resucitar para contemplarla.
Con esta salva se inaugura cada noche la tertulia. Las mujeres aprovechan la lumbrada para preparar las ruecas; los hombres sus velortos, navajas y tacos de madera.
Tío Ginojo, que ocupa siempre uno de los ángulos del poyo, con el fin de tener cerca de los pies la jornía, ó cenicero, al sentir la primera bofetada de la llama saca las manos de los respectivos bolsillos, mete una brasa en la pipa, le tira tres chupadas que suenan como tres pistoletazos... y vuelve á su estupor crónico.
No es raro que la sesión comience por un rosario, á cuyo final se pida por cada uno de los muertos del pueblo, que recuerde la memoria de Cencio, que reza delante.
De todas maneras, es seguro que á la media hora de constituída la hila, toma, salvas ligeras variantes, el siguiente rumbo:
—¡Uno de los buenos, tío Tanasio!
—¡Que nos haga de reir!