—De ladrones y encantos, que son más divertíos.

—De lo que él quiera, ¡condenius, pedigones!

—Si digieris de lo que yo sepa, digieris más verdá.

(Tanasio es hombre que gusta hacerse rogar en estos casos, pues cree que de otro modo desprestigia su ingenio).

—¡Hombre, pues no dice que!... ¡Si sabe usté más cuentos!

—Pero si tos vos los he contao ya.

—Menos los que le quedan en el magín.

—Marrecelo que delguno... Pero, en fin, veremos á ver si estrujando, estrujando, sale daque cosa.

Silencio profundo.—Tanasio medita.—Pólito se soba los dedos, se rasca la cabeza á dos manos, abre medio palmo de boca y clava sus ojazos verdes en el narrador.—Cencio se dispone á resolver las numerosas dudas que del cuento puedan surgir.—Silguero se contonea, cruza las piernas y se atusa el pelo mirando tierno á Clavellina.—El ex-soldado se encara con Sabel.—El Polido eructa como si le llegara la cena á la garganta.—Las mujeres, hila que hila.—Tío Ginojo se recuesta contra el poyo, bosteza y mete un pie en el montón de ceniza.

Al cabo de un rato dice Tanasio: