—Pues ahí tienes cómo no puede llegar á Miranda ni á denguna parte.

—¡Vaya una cencia que tien la adivinilla!—gruñe tío Ginojo.—¡Y pa eso le despiertan á uno!

—¿No decía usté que era tan arrevesá?

—Como tú lo ponías, sí.

—Pos si lo estipulara claro desde su descomienzo, buena habilidad sería dar con el ite.

—¡Taday!... ¡Chapucerías que no valen un anfiler!

Dice tío Ginojo, hunde la segunda pierna en la jornía y vuelve á dormitar.

Otras dos ó tres adivinillas más vuelven á poner á prueba el ingenio de los tertulianos; pero no se resuelve ninguna sin que Cencio diga la mitad del nombre de la cosa en problema.

No falta allí su párrafo de discreteo, que suelen provocar Gorio y Sabel, especialmente mientras el primero tiene el huso para que la segunda devane lo que lleva hilado, ó Silguero y Clavellina en igual ó parecida ocasión.

Por ejemplo: