—Vaya, ángel de Dios, que esto no vale nada,—añadía la pobre mujer con el fin de tranquilizarle y después de convencerse de que la sangre procedía de un ligero rasguño.
—¡Madre, madre mía! ¡Jesús de mis entrañas!—gritaba el chico con el mayor desconsuelo.
—¡Pero, inocente, si no es nada lo que tienes!
—¡Si no es por eso... es que... es que tengo miedo!...
Y el infeliz daba diente con diente.
—Es verdad... ya no me acordaba,—murmuró con pena la anciana.
Y requiriendo el báculo y la alcuza, continuó su camino á lentos, cortos é inseguros pasos, como los da la humana vida bajo el peso de los años y á media vara del sepulcro.
Iba á doblar el ángulo de la plazoleta para entrar en la calleja, cuando salió de la portalada una mujer desgreñada y mal ceñida de refajo, que acudía á los gritos del descalabrado muchacho. Vió la sangre que le bañaba el rostro, reparó en la vieja, y sin más averiguaciones, rugiendo como una pantera, cogió un morrillo tan grande como su cabeza y se le arrojó á la pobre mujer que, aunque le recibió de rebote y en la espalda, hubiera caído de pechos sobre las piedras á no recogerla en sus brazos el señor cura, que providencialmente iba á cruzarse con ella, siguiendo su diario y acostumbrado paseo.
El discreto sacerdote abarcó con una sola mirada todo el cuadro, y casi con lágrimas en los ojos dijo con voz conmovida, pero solemne, á la mujer que había arrojado la piedra, y sin dejar de sostener á la anciana:
—¡Teresa, eso no lo manda Dios!