Mucho contuvo á Teresa la presencia del señor cura, sin la cual Dios sabe lo que hubiera hecho; pero no tanto que la impidiera responder con ira:

—Lo que no manda Dios es que ande suelto el demonio por la tierra acabando con las familias honradas.

Y levantando del suelo al muchacho:

—Ven acá, hijo mío,—le dijo con voz cariñosa.

Pero no había llegado con él á la portalada, cuando cambiando de tono y dándole media docena en cada nalga, comenzó á gritar:

—¡Si tú has de morir como las cabras, lambión! ¿Á qué te metes en la hacienda de naide? ¿Á qué juistes á tentar la pacencia de ese mal enemigo de mujer? ¿No sabías lo que te esperaba de ella?

Estas últimas palabras se perdieron dentro de la portalada, que cerró Teresa con estrépito.

Entre tanto la pobre vieja perdía el conocimiento en brazos del señor cura, que la prodigaba las mayores atenciones; pero tan pronto como volvió en sí, se empeñó en continuar su camino, sin exhalar una queja siquiera contra el proceder de su vecina.

El señor cura, después de verla caminar algún trecho, se dirigió presuroso á la portalada y entró en el corral de Teresa.

Hallábase ésta ya en el ancho soportal de su casa lavando la cara al rojillo, y junto á los dos una joven, como de veinte años, pálida como la cera, envuelta en un refajo de bayeta amarilla y acurrucada en el suelo. Sus ojos, yertos y desanimados, parecían no fijarse en lo que delante tenían.