—¡Maldita sea ella por siempre jamás amén, que se empeñó en acabar con mi casa y ya lo va consiguiendo!—gritaba Teresa mientras restañaba la sangre de su hijo.
Y á cada exclamación de éstas se santiguaba el chicuelo, y la joven pálida bajaba la vista y escarbaba el suelo con un dedo trémulo y tan descolorido como la tierra que tocaba.
Así continuó la escena un corto rato, y ya parecía calmarse la furia de Teresa, cuando al ver que, por haberse arañado la herida, volvía á sangrar su hijo, gritó más iracunda que nunca, precisamente en el instante en que entraba el cura en el corral:
—Pero, Señor, ¿ya no hay justicia en la tierra?
—En la tierra no, Teresa—respondió el cura;—en el cielo sí, y esa es la que has de temer, porque nunca falta ni se tuerce.
—Eso es: tras de cuernos, con perdón de usté, penitencia... ¡Ay, señor cura! no es lo mesmo pedricar que ser enfeliz.
—No hay verdadera desgracia, Teresa, cuando se llevan todas con resignación... ¿Tú sabes lo que acabas de hacer?...
—Sí, señor; y también lo que no hice, porque algún ángel le puso á usté delante.
—Tú lo has dicho, Teresa: algún ángel protegió á esa pobre anciana; luego tú no obrabas bien cuando la...
—Lo que yo sé, don Prefeuto, es que estoy acabándome, y que está feneciendo toa mi casta por los malos amaños de esa endina.