—Calla, calla, y no difames á quien ni siquiera conoces.

—¡Que no conozco yo á la Miruella, señor cura!

—No, yo te lo aseguro.

—¿No ve usté á esta enfeliz de hija que tengo aquí, con un pie en la sepoltura? ¿No ve usté á esta criatura de Dios medio atontecía de un golpe que le vino sin saber por ónde ni por ónde no?... ¿No sabe usté que mi marido, el hombre más de bien de too el mundo, y el labrador más atropao, es hoy un borracho que se va bebiendo el pan de sus hijos?... ¿No sabe usté que una cabaña de reses que yo tenía?...

—Óyeme, Teresa... Pero antes, tú, Juana, y tú, Andrés, entrad en casa un momento, que vamos á tratar nosotros un punto muy importante.

Los dos aludidos hijos de Teresa obedecieron dócilmente; y con trabajo la joven y lloriqueando Andrés, se metieron en casa, cerrando la puerta en seguida.

Solos en el portal el señor cura y Teresa, tomó asiento el primero en el poyo y comenzó así su diálogo con la segunda:

—Ya que eres la única persona razonable de tu casa, aunque no el jefe por la ley, contigo debo entenderme en el importante asunto que aquí me trae ahora, porque tu marido... ¿En dónde está tu marido, Teresa?

—En la taberna, señor.

—Como siempre... Conque, vamos á cuentas, y á cuentas claras. ¿En qué te fundas tú para creer que esa pobre mujer es capaz de ocasionarte todas las desdichas de que te quejas?