—En que es bruja... ¡bruja! Créalo usté por...
—Corriente. Y ¿qué pruebas tienes de que es bruja?
—¡Otra sí qué! Too el pueblo lo sabe, señor, como usté mismo.
—Poco á poco: yo no solamente no lo sé, sino que niego que lo sea; y en cuanto al pueblo, puede equivocarse como tú. Lo que yo quiero saber son los motivos particulares que tú tienes para tratar á esa mujer como la has tratado hace poco.
—¡María Santísima!... Si yo fuera á retaporcionarle á usté toos los itimenejes que esa endina trae contra mí... ¡Me valga el devino misterio!
—Pues mira, Teresa: para mí es hasta un deber de conciencia arrancarte esas preocupaciones funestas: conque así, no me ocultes ni una sola de tus razones.
—Espenzando por lo más gordo, dígame, señor don Prefeuto, ¿qué tiene la mi Juana que se me va consomiendo como un sospiro?
—Una enfermedad como otra cualquiera.
—Y estonces, ¿por qué en cuanto se le alcuerda la Miruella le entra un temblío que se pone á morir, y un lloriqueo que se va en glárimas?
—Mera casualidad; y cosa muy natural si te empeñas tú en hacerla creer que esa mujer es la causa de todos sus males.