—Y si eso juera, ¿por qué el otro día, hablando la Miruella de la mi hija con la mi sobrina Anestasia, la decía: «se empeñan en sanar á Juana curándola de la palotilla, y no es esa la melecina que la conviene». Es decir, señor don Prefeuto, que la Miruella sabe la enfermedá de Juana, y conoce la melecina y tiene sastifación en verla morir, porque ni quiere descobrir la enfermedá, ni decir «éste es el remedio».

—Lo que eso quiere decir, Teresa, es que tía Bernarda tiene más sentido que tú, y conoce que es una barbaridad descoyuntar los huesos á las jóvenes porque están pálidas y macilentas, y ve claro que así no pueden sanar.

—Segundamente, y perdone, Juana era una moza rebusta como un castaño siete meses hace, como usté se alcordará, hasta el istante mesmo de dir una tarde al molino, porque así lo quiso, que en verdá no hacía mucha falta aquel día, porque harina teníamos tovía pa una semana. Pos señor, diéndose al molino, estuvimos en casa siete días y medio espera que espera, y mi Juana no golvía. Al cabo del tiempo voy yo mesma á preguntar por ella, y díceme el molinero que por allí no se ha visto á Juana. Güélvome desaflegía como una Magalena á casa, y me la encuentro aquí mesmo gimoteando y tapujá con la saya. Dígola que ónde ha andao metía, y respóndeme que en el molino ha estao, y que se güelve sin moler porque la presa está seca... Alviértole, don Prefeuto, que yo mesma ví el molino arreguñao[2], motivao á lo mucho que había llovido. Á too esto, le faltaba el saco de maíz, y no sabía decirme ónde le había dejao, ni saberlo pude nunca. Con éstas y otras, pregunto de acá y de allá, y alquiero que á la muchacha la vieron salir aquella mañana mesma de casa de la Miruella. Añada usté á too esto, y perdone, que dende aquel día Juana no ha limpiao la ruinera, y dígame si no es la cosa pa que yo reniegue de esa bruja y crea como los Avangelios que el enemigo malo le anda en el cuerpo, y que me destravió y atonteció á la hija al dir al molino pa acabar dimpués con ella.

Pensativo dejó por unos instantes este relato al bondadoso don Perfecto; pero como no era por las hechicerías de tía Bernarda, en las cuales empezase á creer, ni mucho menos, disimuló discretamente su curiosidad y se limitó á responder á Teresa:

—Todo eso no prueba sino que el día en que tu hija se puso mala entró en casa de la Miruella, suponiendo que esa noticia sea cierta.

—¿Y la vaca que se murió de solengua por tocarla con el palo esa mujer, cuando la alcontró en la calleja?

—Esa mujer tocó con el palo á tu vaca para que no la atropellara en la calleja, precisamente el día mismo en que tu vaca, por causas que no conocemos, se puso enferma y se murió.

—Y por qué cuando habla de las borracheras del mi hombre dice que yo me he de ver sin manta que echar en la cama, porque me la ha de sacar la josticia si el diablo no la lleva antes, y too se va compliendo, porque yo he visto salir de mi casa, hoy pa el tabernero y mañana pa la contrebución, hasta la caldera de la cocina, dempués de haber consomío el ropal de sabanas que yo tenía hilás y cosías por estas manos, á más de haber tenío que vender en dos años toa la propiedá terrentorial? ¿No ha estao dos veces la josticia esta semana á sacarme prenda porque no se pagó una contrebución nueva, motivao á no tener un mal ochavo en mi casa, ni de ónde sacarle? ¿Y no es too esto una maldición de esa bruja, que me va caendo encima?

—¿Crees tú que yo soy brujo?

—¡Jesús, señor cura!...