—Pues mira, yo te he pronosticado las mismas desgracias que tía Bernarda; y cualquiera que desee tu bien y tenga dos dedos de frente te hará el mismo pronóstico, porque no puede dar otro resultado la conducta de tu marido.
—Sí, sí; lo que es para usté too tiene güena explicativa... ¿Y el golpe que acaba de llevar el mi Andrés por haberle visto la bruja salir de su güerto?
—Si haciendo lo que manda Dios y la buena educación, no se hubiera metido Andrés en el cercado ajeno, no se habría descalabrado al salir de él con el fruto robado.
—Y estos mordiscos (Teresa se descubrió un brazo lleno de cardenales), ¿de quién son sino de esa condená de bruja mientres que yo duermo?
—Esos que tú llamas mordiscos, son cardenales, Teresa, hijos legítimos de la paliza que te pegó tu marido anteayer.
—Y aunque too eso fuera verdá, ¿me negará usté que el domingo se le olvidó á usté cerrar el misal al acabar la misa?
—Efectivamente me sucedió eso; pero, ¿y qué?
—Que motivao á ello la bruja se quedó clavá de rodillas en la iglesia, y que no hubiera salió de allí si á la mego-día no va el campanero á tocar, y ve asina el misal y le cierra.
—Y ¿qué tiene que ver el misal abierto con toda esa monserga?
—¡Esta sí qué! ¿Pus usté no sabe que las brujas cuando entran á misa no pueden salir de la iglesia si se queda el misal abierto?