Empiezan sus proezas al amanecer, porque es de advertir que los angelitos madrugan tanto como el sol. Revuelven los basureros, y son objeto de su predilección los recortes de papel y de telas de color, los pedazos de cuerda, cacerolas de latón y todo objeto sonoro, y las ratas. ¡Las ratas! Un hallazgo de esta clase es una ganga para ellos: cogerlas vivas, la mayor de sus satisfacciones.
Los recortes de color les sirven de papel-moneda: juegan con ellos al pinto-blanco, y el que gana diez ó doce pedazos sabe que tiene un cuarto seguro en cuanto los saca á la plaza, es decir, en cuanto propone su venta á cualquier camarada.—Las cuerdas les son indispensables: á un chico de la calle nunca le falta algo que amarrar, y, en último caso, se hace con ellas un látigo que siempre es de gran utilidad en sus manos.—Las cacerolas de latón sirven para hacer ruido empujándolas con el pie de calle en calle, ó para colgárselas del rabo al primer perro que se halle durmiendo al sol.—Las ratas muertas, atadas á una cuerda, son de lo mejorcito para dar sustos á los transeúntes, echándoselas, á la descuidada, entre los pies; metérselas en la cesta á la fregona que vuelve de la compra, es para los granujas un lance de primer orden; encajárselas en la pechera de la camisola á un niño decente y vestidito á la moda, es poner una pica en Flandes, y si la pobre criatura se accidenta de susto, muchísimo mejor.—Con las ratas vivas tienen mayor efecto estas hazañas, porque las sorpresas son mayores. Pero no es por esto sólo por lo que los chicos prefieren á las ratas muertas las vivas: á una de éstas, después de haber recorrido con ella las calles y los mercados, se la lleva al Muelle, se le hace nadar á todo lo largo de él en las aguas de la bahía; y cuando está hinchada como una pelota y sin fuerzas para nadar, se la conduce á una plazuela, y allí, colgada por el rabo, se la asa viva, se ven los gestos que hace cuando le llega el fuego á los hocicos, cómo se le contrae la piel, cómo sube la llama á medida que gotea sobre los tizones la grasa de la víctima, y se observa minuciosamente cómo van siendo cada vez más débiles y tardíos sus desesperados quejidos de dolor... Esta satisfacción no puede proporcionársela á los tiranuelos una rata muerta.
Á las horas de entrar en la escuela huyen de su puerta como el diablo de la cruz, y se desparraman por las calles para no llamar la atención de la policía; rondan los almacenes del comercio y recogen el azúcar derramado sobre las losas, ó lo extraen con una astilla por las hendiduras de las cajas.
Ayudan algunas misas en San Francisco y se pirran por las recortaduras de la sacristía; se disputan la campanilla para acompañar al Viático por las calles, y ufan, es decir, trincan; más claro, roban las lágrimas de los blandones.
Acuden á todos los bautizos, y acorralan, persiguen é insultan, llamándole pelón por las calles, al padrino que no les tira al robo algunos puñados de monedas.
Se introducen en las cuadras de los mesones de Santa Clara, y arrancan á los machos las cerdas de la cola para hacer aparejos de pescar.
En la plaza de la verdura afanan, al paso, huevos y castañas; y encaramándose unos sobre otros, despegan los carteles impresos de las esquinas.
Se fijan en toda persona que se cae en la calle, ó que revele en su fisonomía ó en su actitud ser víctima de algún suceso extraordinario; la rodean, la siguen, la abochornan con su escandalosa curiosidad; y si los reprende, la silban, y si es muy tímida por naturaleza, la vuelven loca.
Ellos se encargan, aullando de placer, de ejecutar á todos los perros que lleguen al Muelle condenados á morir ahogados. Los arrojan al agua junto á la Capitanía del puerto, y los conducen á pedradas hasta el Merlón, si la infeliz víctima no espira, como suele suceder, á medio camino. Á los angelitos les parece demasiado sencillo, para acabar con un perro, el conocido sistema de echarle al agua con un canto al pescuezo.
En los portales de vecindad juegan á la pelota á dos paredes, y hacen de éstas su libro de memorias. En ellas escriben todas sus grandes impresiones del día: es decir, los nuevos motes de sus amigos, lo más grave que á éstos les haya ocurrido recientemente, y algunas otras menudencias que á mí no me es lícito copiar aquí. También retratan, á su modo, á los policías más populares de la ciudad, añadiendo á la efigie observaciones curiosas, y hasta pretenden reproducir las escenas que más les hayan admirado en el teatro ó en el circo.