Por no perder tiempo, cuando, consumada una fechoría, se trasladan, para emprender otra, á distinto punto de la ciudad, mientras andan y discuten van rayando con yeso los tableros de las tiendas, abriendo las puertas que están cerradas y tocando marchas en los cristales de los escaparates. Si hay lodo en las calles, es de rigor que borren con él cuanto letrero ó muestra, recién pintados, hallen al paso.

Es de su incumbencia exclusiva aclimatar los juegos nuevos y conservar el orden de sucesión establecido para los viejos.

Ocho días antes de Semana Santa recorren las calles formados en pelotones imponentes y batiendo, con entusiasmo feroz, mazos y carracas, cuyo estrépito aturde al vecindario.

El domingo de Ramos transforman la población en un bosque ambulante de laureles: montan sobre un ramo al camarada que juzguen más á propósito para el caso, y, conduciéndole á hombros, cantan todos á coro:

«Bendito sea el que viene
en el nombre del Señor;
bendito sea el que viene,
aquí viene el Salvador».

El día de la Candelaria recorren las calles en igual forma, pero llevan romero en lugar de laurel, y en vez del romance del día de Ramos, cantan con la misma música de éste:...

«Cuando la Candelora llora
el invierno bota afora;
cuando se ríe
está por venir».

Aman con delirio los precipicios y las grandes alturas; y no pudiendo, por falta de permiso, montarse sobre la torre de la catedral, se columpian en las cadenas del warf del Merlón y se encaraman en las pilas de madera del muelle de Maliaño.

Poseen, como los monos, el instinto de la imitación y remedan en las calles lo que han visto hacer en la plaza de toros á los acróbatas, á los osos ó á Cúchares.—Merece citarse un ejemplo á este propósito:

Cuando se inauguró el ferrocarril de Santander á Bárcena, recuerdo haber visto á estos chicos jugar á los trenes imitándolos con una precisión pasmosa. Colocábanse diez ó doce de ellos en fila, apoyadas la cabeza y las manos de los de atrás en las espaldas de los de adelante. El que formaba el primero hacía de locomotora, y tenía la habilidad de imitar maravillosamente los silbidos y resoplidos de esta máquina. El segundo hacía de maquinista. Diferentes portales, señalados de antemano en la calle en que se jugaba, eran otras tantas estaciones. Formado el tren, el chico-maquinista levantaba la gorra del chico-locomotora, el cual, como si realmente tuviera una válvula destapada, comenzaba á pitar que se las pelaba, y pitando continuaba hasta que la gorra caía otra vez sobre su cabeza, siendo de advertir que había tal relación entre la voluntad del maquinista y la suya, que los pitidos seguían los movimientos de la gorra con la misma precisión que siguen á los de la mano de un maquinista verdadero los del silbato de la máquina que guía. Después de este requisito, el tren se ponía en marcha poco á poco, y á vuelta de muchos resoplidos, paraba en cada estación, previos los pitidos de rúbrica, y con el mismo ceremonial tornaba á la estación en que se había formado.