Tienen una afición, que raya en locura, á los espectáculos públicos; á los volatines especialmente. Los toros les gustarían mucho más; pero como son muy caros y se ejerce á las entradas de la plaza una vigilancia de todos los diablos, no se atreven á pensar en colarse «de mogollón».—Cuando se acercan las corridas y ha llegado el ganado, se van todas las tardes á verle á los prados de la Albericia, le acompañan al abrevadero al lado de los pastores, averiguan el nombre de éstos, saben cuáles son los toros de cada corrida, y á la cuarta ó quinta visita, andan por el prado á media vara de los bichos. Indagan en qué fonda ó posada paran los toreros, rondan su habitación, cuando la conocen; y mirando á las ventanas por si se asoman los, para ellos, héroes entre todos los héroes habidos y por haber, se pasan horas enteras. Á la de la corrida se van al arrastradero; y allí, metidos hasta las rodillas en un charco de sangre, pugnan y sudan el quilo por arrancar á los toros y caballos que salen arrastrados de la plaza, una banderilla del morrillo ó media docena de cerdas de la cola; menos aún, por tocar con los pies la cabeza de estos animales; por ver un poquitín el interior de la plaza en el momento en que salen ó entran las engalanadas mulas, cuya suerte envidian.

Se los halla infaliblemente junto al despacho de billetes del teatro, y piden á cuantas personas se acercan á tomar localidad, dos cuartos que les faltan siempre para completar el valor de una entrada. Los que con este recurso la adquieren, un poco tarde siempre, llegan á la cazuela pidiendo plaza á todo el mundo y pisando muy recio. Ya sentados, se mueven más que las ardillas, porque todo les llama la atención. La frase más insignificante en boca del gracioso les hace reir á carcajadas, y piden con estrépito que se repita. Cuando oyen aplaudir á los demás, ellos silban como cien huracanes, no porque desaprueben los aplausos, sino porque el silbido es la gran expresión de su entusiasmo, lo mismo en el teatro que en la plaza. Saborean con delicia todas las situaciones de un melodrama (género por el que se pelan); y tal les abstrae el gozo, que se olvidan del lugar en que se hallan y del público que los rodea. Sólo les escuece el deseo de saber si tal camarada, que es algo distraído, está, como ellos, bien al tanto de lo que pasa en el escenario. El tal camarada suele distar de ellos todo el diámetro de la cazuela. Mas ¿para qué les dió Dios una voz extensa y penetrante? Aprovechan, pues, una situación en que se oiría volar una mosca en el teatro, y entablan á grito pelado un diálogo como el siguiente:

—¡Ay qué Dios!... ¡Rajuca!

—¡Queee!

—¡Miale, miale!... ¡ése que arrastra á la dama!

—¿Qué casulla tiene, eh?

—¿Sabes quién es?

—El marido de la marquesa que salió endenantes.

—¡Quiá!... El que hizo la otra noche de general y luego le llevaron á la horca.

—¡Si aquél era más gordo!