—¡Cómo no fuera!... ¡si lo sabré yo!... ¡Le he visto más veces al balcón! Vive en casa de Chiripa, que tiene su padre posada de comediantes. Güeña va la comedia, ¿eh?
—¡De mi-flor!
—¿Tienes algo de pan?
—No: precebias.
—Arría un par de ellas.
—En abajándose el telón.
Son, por lo general, poco aficionados á la mar; prefieren hacer sus correrías por las alamedas ó por el campo: en primavera y en verano, para acechar nidos, pescar grillos ó robar huertas; en invierno, para cazar con liga pardillos y jilgueros.
He dicho que no son aficionados á la mar estos diablejos, y debo añadir la razón. En la mar y en el terreno que le pertenece, no hay más cheche que el raquero, con el cual no pueden competir. Éste, de quien no trato ahora porque ya he tenido el honor de dedicarle algunas páginas en mis Escenas Montañesas, tiene menos ingenio, menos travesura que ellos; pero, en cambio, tiene más entraña, y una correa, que ni las de un toro de Colmenar: se pasa un par de meses en la cárcel y se duerme todo un invierno sobre las duras y húmedas losas del Muelle sin exhalar una queja ni coger un constipado; y sobre todo, acomete él solo la empresa raquera más difícil y arriesgada, y antes deja en ella los dientes que la presa. Los «chicos de la calle» saben muy bien que el más templado de todos ellos, su jefe como si dijéramos, el famoso Coneja, á quien conozco mucho, las mayores pruebas por que ha pasado, sin llorar, han sido dormir dos noches, no consecutivas, bajo las maderas de Cañadío, y permanecer diez horas en el cuarto de los perros[6]. ¿Y qué proezas ha hecho él solo. Poco más de nada: entrar en una huerta de Cajo, torcer el pescuezo á un pollo y robar dos docenas de manzanas. Para eso le guipó el amo, dejó el pollo y las manzanas para hacer menor su responsabilidad, y, llorando de susto, volvió á saltar las tapias sin llevarse consigo una mala camuesa.
Debe, pues, quedar consignado:
1.°. Que estos chicos, tan osados y dañinos en pandilla, uno á uno son inofensivos borregos.