El humor anacreóntico salta de entre la poesía vascongada con un respingo inevitable, como una ráfaga de día de fiesta. Es ahí, en la ponderación de la vida cuotidiana, donde el humilde poeta vasco, materia tosca de pueblo, se siente con libertad y desenvoltura.....

Pero no exijamos a esta modesta literatura, familiar y casera mejor que popular, el encanto que a las canciones báquicas de la Hélade prestaban el alado y risueño aticismo de los griegos. Los misterios del culto de Dionisos y la belleza de las vides maduras bajo un cielo diamantino, se convierten aquí en la humedad de las sidrerías y en los escarceos de unos humildes «versolaris».

El cantor celebra lo que directamente ha de gustar a los contertulios; el buen comer, el buen beber, las ágiles piruetas en la danza con las alegres chicas. El elogio del vino tiene en la poesía vascongada un espacio más considerable que el amor o la tristeza erótica. El poeta guipuzcoano Artola pondera las excelencias del vino con esta honrada ingenuidad:

Erari maitagarriá,
zu gatic daucat jarriá
argumentuba larriá:
Indarra zera gorputzarentzat,
kentzendezuna egarriá,
¡gausa estimagarriá!.....
Baño zauscat igarriá
zerala engañagarriá.

«Amada bebida,—tú me inspiras este arduo problema:—Eres para el cuerpo la fuerza,—nos quitas la sed,—¡cosa estimabilísima!.....—Pero te he calado—que eres un engañador.»

Una canción guipuzcoana dice:

Donostiaco iru damacho
Errenterían dendarí,
josten ere badakite baña,
ardua eraten obekí...

«Las tres señoritas donostiarras—las tenderas de Rentería,—saben coser muy bien,—pero mejor saben beber.»

E intercalado en las estrofas, en una rara mezcla de candor y de torpeza, un estribillo:

Eta kriskitin, kroskitin,
arrosa kraveliñ,
ardua eraten obekí.