«Con el kriskitin, krosquitin,—rosa y clavel,—pero mejor saben beber.....»

Esta literatura vulgar, alegre y un poco grosera, como un lienzo flamenco, necesitaba especiales cultivadores que fueran al modo de unos sacerdotes del rito anacreóntico. En efecto, hasta que no llegaron otras formas de vivir más universalmente uniformadas, nunca faltó en el país vasco un plantel de hombres originales, pantagruélicos, humorísticos y gandules, a quienes podríamos llamar los «borrachos representativos».

En tierras de Guipúzcoa hubo ejemplares muy bizarros, que llevaban nombres tan bravos y pintorescos como Brocolo, Isquiña, Pello Spañ, Sacristán, Echecalte, Pedro Amezquetarra.

Eran la espuma o la hez de la raza, la flor de todos los vicios: tragones, ebrios, haraganes, malos padres de familia. Sin embargo, esos perfectos cínicos terminaban por ser simpáticos. Nutríanse nada más que de la simpatía, a costa del país laborioso. Hacían reír, y todo lo restante se les perdonaba. Sus oficios eran de una grotesca multiplicidad. Isquiña, por ejemplo, apuntaba los tantos en los partidos de pelota y hacía de torero en las novilladas; Pello Spañ, con su labio partido, conducía los cadáveres en tiempo de epidemia; Sacristán era pintor de brocha gorda, músico y gimnasta. Echecalte no tenía oficio alguno; sólo se sabe de él que prendió fuego a su caserío. Era tuerto, mal carado, pequeño y enjuto; llevaba siempre una boina colorada y los pantalones remangados hasta media pantorrilla. En cuanto a Pedro Amezquetarra, éste era el Quevedo o el Manolito Gázquez de la tierra; todos los cuentos cazurros se le atribuían, todos los chistes desvergonzados o irreverentes se cargaban a su costa.

Y eran al fin aquellos epicúreos payasos como la válvula de expansión por cuyo conducto expulsaba el país los posos de humorismo y de francachela que hay en su fondo.

XIV
VISION DE PUEBLO ANTIGUO

Tellaeche. pint.