LA bahía de Pasajes, en ciertos momentos de la marea, muéstrase al espectador como un raro acierto de tono, de colorido y de emoción histórica. Los barrios de San Pedro y de San Juan se desprenden del borde de la montaña y dejan que el agua bese su abigarrado y pintoresco caserío, componiendo un bello motivo de acuarela. Es una linda marina de corte veneciano, que el cielo cantábrico y la austeridad de la montaña hacen grave y lo salvan del peligro del cromo.
Desde el muelle donde amarran los grandes paquebotes, el barrio de San Juan se muestra especialmente encantador, con sus casas viejas, su larga calle sinuosa y sus portalones blasonados. Son casas abolengas que alguna vez fueron levantadas con el oro de las Indias o con los dineros de los arsenales. Allí los capitanes de la flota del Rey estimaban descansar de sus heroicas navegaciones; allí los navíos artillados se recostaban al muelle, antes de partir en busca de la canela de Tierra Firme o de las especias de las Molucas. Hoy no viven sino humildes pescadores, y la abigarrada formación de casas se desmorona, se arruina.
El hombre sensible busca hoy con afán esos pueblos ilustres y viejos; nos llaman las ruinas con voces melancólicas, y sabemos todos un poco extraer de ellas inefables sensaciones. Es porque la arquitectura contemporánea nuestra nos defrauda y nos irrita. El corte y el tono de las construcciones modernas nos parecen tan groseros y desgraciados, que el espíritu busca una manera de huír; quiere refugiarse en el ensueño de lo antiguo para poder olvidar la realidad injuriosa de lo presente.
En esa misma bahía de Pasajes, junto adonde amarran los buques de altura, se levantan barriadas y almacenes de nueva construcción, hábiles para albergar obreros, oficinas, tabernuchos y mercaderías. Su aspecto ofende a la vista y al alma. No puede inventarse nada más chabacano y cruel, y nunca la razón de utilidad podrá sincerar la existencia de esa arquitectura, en donde la vida tiene obligatoriamente que ser baja, triste y fea.
Pero ante un pueblo ilustre y ruinoso hay el riesgo de que nuestra imaginación equivoque su camino. En efecto, los anticuarios y los pintores especialmente, y por contagio los diletantes, nos han acostumbrado a ver una ruina desde un plano actual, o sea por la ruina misma. Se efectúa así un fenómeno de traslación temporal, y resulta que, por el criterio utilitarista de un pintor o un anticuario, la casa bella y vieja la consideramos como un objeto perfectamente actual. Es decir, que terminamos por imaginar que la casa ha sido siempre vieja, y que su valor estriba en ser como ahora es. El horror a la fealdad moderna influye mucho sin duda en esta arbitraria maquinación imaginativa.
Sin embargo, conviene por momentos abandonar el criterio utilitario del pintor y exigir a nuestra imaginación que se porte delante de una ruina como a nosotros, amplios intelectuales, nos conviene. Entonces, una vez que la fantasía está a nuestro propio servicio, el pueblo viejo e ilustre podemos hacer que se traslade a su máximo período de vitalidad, cuando las casas surgían, todas nuevas y flamantes, del fondo de los conceptos sociales y religiosos, del seno de las disciplinas estéticas, sujetas a un estilo y animadas de un generoso aliento espiritual.
Ese barrio de San Juan que hoy refleja su pobre, sucio y roto caserío en la calma bahía, ¿qué presencia gloriosa y juvenil, noble y opulenta no tendría en el siglo XVI? Los muros de sus palacios presentaban al sol las piedras nuevas; en los sillares había aún la marca del cincel del artesano; entre dos columnas renacentistas, al modo toledano, campaba el blasón del linaje. ¡Qué diferente aquella asunción de la casa patricia, de como ahora surge el chalet compuesto con hormigón armado y mampostería de contrata!
En la simple construcción de un depósito o almacén de mercaderías presidía entonces un sentido de utilidad estética, y no solo exclusivamente de utilidad económica. Hoy parece bien a los hombres que han pasado hasta por las Humanidades, que un depósito y una fábrica sean construídos en vista solamente del interés metálico; con que cubran los objetos y los libren de la intemperie, ya es bastante. Mientras que los hombres de otra edad ponían en la factura de una lonja de comercio, de un depósito de mercaderes, la misma invención y la misma pompa artística que en una catedral.
Con sus casas renacientes, con los restos de la arquitectura ojival todavía en buen uso, con sus palacios de blasón recién levantados, un pueblo como Pasajes de San Juan debía de ser en el quinientos una cosa admirable, rica en belleza y en rango. A veces, cuando se armase una flota, la bahía investiríase de una solemnidad grandilocuente. Los artilleros de los fuertes harían tronar en salvas los cañones, y embocando la salida del canal, una próxima a otra, las naves con sus castillos altos descolgarían las velas, y lentamente deslizaríanse hacia el mar como insignes leviatanes. Vistosas flámulas en los mástiles; dorados adornos en el castillo de popa; enormes y artísticos fanales; estandartes del Rey cayendo como tapices suntuarios hasta la misma agua.....