Es cierto que la tierra vascongada carece de sitios grandemente históricos y de ciudades memorables de importancia universal; no tiene cuadros gigantescos como Toledo, ni tesoros artísticos como el monasterio de Guadalupe, ni catedrales como la de León y Burgos, ni ciudades, como Sevilla, que canten con la voz prestigiosa de tres civilizaciones estéticas. Pero los viejos pueblos vascos, humildes como son por su pequeñez y su escasa universidad, guardan, sin embargo, un tono de graciosa armonía y, sobre todo, un fino sentimiento de expresión nobiliaria, ayudado por la excelencia de un bello y vario paisaje.

Los mismos vascongados han favorecido esa desatención y ese desmerecimiento, con una frívola y casi bárbara mutilación de aquello que es lo más noble, expresivo y delicado del país. La furia industrialista no ha titubeado en situar una fábrica junto a un torreón antiguo, y el afán de la modernidad y de la urbanización geométrica está cometiendo constantemente en villas y aldeas verdaderos crímenes. El vascongado moderno, en forma de concejal progresista, es un sér plebeyo que ha roto toda continuidad con sus antepasados. Tiene un concepto del progreso que se parece mucho al de los americanos: admira todo lo extraño, es humilde con las modas extranjeras, cree en lo cuadrangular de las calles y en la altura de las casas, y siente horror por las piedras viejas. Una casa nueva en forma de chalet; una calle ancha y recta; una alameda gris; un restaurant..... Esto es el ideal de la civilización y el progreso para un vascongado novísimo.

Si los filósofos y los poetas de Atenas y Florencia hubiesen perecido arrastrando sus obras al sepulcro, nosotros no dudaríamos en atribuír a aquellos pueblos la excelencia cultural sólo con que poseyéramos el testimonio de sus edificios, de sus columnas y sus tallas, llenos de gracia eterna.

Podemos añadir aún que ciertos hombres excepcionales no bastan por sí solos para patentizar la alta cultura de un pueblo; los genios son muchas veces frutos aislados que no demuestran nada, que surgen a despecho de su propio país natal. La Beocia ruda y cerril produjo más de un genio. En fin, la civilización de un pueblo necesitamos comprobarla por los diversos fenómenos particulares y colectivos, y ella será admirable cuando se nos presente armónica, intensa, amable, dotada de buen gusto y de un culto delicado por el adorno.

El culto del adorno representa al cabo y positivamente la talla, el nivel, el grado de la vida de un pueblo. En la casa limpia, barnizada y sin pretensiones estéticas de un holandés actual, sabemos que vive un hombre de vida sensata, suave y abundante. No es todo, pero ya es mucho. En un palacio renaciente de Florencia sabemos que vivía un hombre de gustos exaltados, que ponía su orgullo en escoger un traje bello, y que se preocupaba hasta la fiebre en hacer que las ventanas de su palacio fuesen armoniosas, que la estatua del patio de honor fuese una obra consumada, que el anillo de su dedo saliese del troquel de Benvenuto Cellini.

Veamos ahora: ¿qué especie de alta vida nos atreveríamos a imaginar que existe en esas barriadas, en esos ensanches de nuestras poblaciones modernas?..... Cuando nos situamos frente a esos edificios y barrios, la palabra barbarie no podrá parecernos excesiva ni injusta.

Junto al ruido y el humo de las villas industriales, cerca de los alegres y mundanos pueblecillos de la costa, apartados de la vanidad turista y veraniega, los viejos pueblos vascos duermen su sueño de lejanos siglos, al amparo de su grande iglesia y rodeados de solemnes montañas, Oñate, Segura, Vergara, Elorrio, Marquina, Orduña.....

En esos pueblos linajudos hubo alguna vez una vida intensa y elevada que nosotros conocemos tan someramente. Esas casas abolengas, con sus escudos heráldicos y sus torreones, nos hablan de las luchas de oñacinos y gamboínos, ricas en episodios trágicos y expresivas de aquel afán de dominio y violenta superación que formó el fondo del carácter vascongado. La Universidad de Oñate nos habla de una flor renacentista y docta que se abriera en el país, animando a los hidalgos y clérigos en la época de las grandes y bellas aventuras, cuando las empresas de España abrían tan ambiciosos caminos a los capitanes, pilotos, secretarios del Rey y evangelizadores vascongados.

Quien desee salvar el peligro de una inculta obcecación, necesitará siempre obedecer al mandato de una realidad histórica. Y es bien cierto que nada se podrá intentar en asuntos vascos, sin tener en cuenta la influencia castellana, el íntimo y constante contacto castellano, lo mismo en historia, como en arte, como en cultura general.