XV
CAMINO DE LAS MONTAÑAS

Valentín Zubiaurre, pint.

UNA excursión a la montaña es siempre útil, primeramente porque nos obliga a ser humildes y porque comprendemos la vanidad de nuestras grandes conquistas de la civilización. Ante una cuesta empinada, sin otra ayuda que nuestras piernas y un tosco bastón, sentimos como si la Naturaleza se estuviese riendo de nuestro orgullo urbano, y de nuestro patético jadear. (Con las fauces muy abiertas, con el corazón que late apresurado, con las órbitas dilatadas, vemos las hayas seculares que nos rodean en círculo y nos miran compadecidas y absortas.)

En cuanto a las grandes conquistas de nuestra civilización, en la pequeña estación de Bríncola se han desvanecido. El tren nos ha dejado en plena vía y ha desaparecido en un túnel. El ruido anterior se trueca en un silencio virgiliano. La prisa de antes se convierte en una filosófica lentitud. Una ermita en el barranco, unas casas de labor entre los maizales, una modesta cantera enfrente. Dos o tres obreros acarrean piedras desde la cantera a un carro, con calma, con reconfortada lentitud, asiduamente; mientras tanto, los dos bueyes de la carreta rumian dichosos, abriendo sus hermosas pupilas húmedas como un espejo en que se miran los verdes prados.

—Y bien, ¿cuándo sale la diligencia para Oñate?

—De aquí a una hora.