—¿Una hora?.....

—Ni más ni menos. Tenemos que esperar al tren rápido de las seis y media.

Oigo con espanto lo que dice el mayoral, y mi petulancia de hombre urbano se pone a medir el valor y la trascendencia del tiempo. ¡Una hora! ¿Cómo es posible que pueda pasar una hora aquí, en esta soledad virgiliana? Y la hora de espera adquiere una fantástica dimensión, empapada de tedio y de vergüenza.

De vergüenza, en efecto. Los tres excursionistas, con nuestros maletines montañeses, hacemos casi una figura cómica. Resulta sobre todo risible nuestra nerviosidad, nuestra prisa e infantil mal humor, junto a la madura y filosófica calma de las gentes que nos rodean. Un miquelete, en mangas de camisa, nos contempla con inefable sorna. El jefe de estación se atreve a sonreír. Y el mayoral de la diligencia, gordo y de semblante picaresco, insiste a nuestras insinuaciones:

—No puede ser; tenemos que esperar al rápido..... ¿Por qué no se van ustedes a la venta? Allí hay buen vino.

Entramos, pues, en la venta próxima y pedimos alguna cosa que sirva de merienda. Discutimos un rato lo que podríamos tomar. ¿Hay cerveza? Nos dicen que no ¿Hay sidra embotellada? Tampoco. Pero hay un fuerte y ardoroso vino navarro..... En fin, decidimos pedir nos sirvan chocolate. Cuando nos sirven el chocolate, un cantero, desde la carretera, nos mira piadosamente. La tabernera sonríe, deja las jícaras delante y se va.

Ya se acerca el tren rápido. En la ecuanimidad de aquellas montañas, los hierros y las válvulas mueven un estrépito rechinante; la locomotora rasga el aire con su imperioso silbido. Se detiene el convoy un momento y parte hacia la boca del túnel, desaparece. Y torna, en el silencio virgiliano, a oírse el rumor del agua del arroyo y el sistemático tic tac de los canteros.

La diligencia está pronta. Tintinean campanillas y restalla el látigo. ¡Arre, Belcha!.....

Todo, por tanto, se ha transmutado. Retrocediendo en un curso de quince lustros, el ánimo, humilde ahora y sometido, considera que la prisa de la civilización es una cosa tan arbitraria como inútil. Verdaderamente, llegar en diez minutos o en una hora y media, resulta ser igual y lo mismo. Y así, justificando a fuerza de razonamientos la parquedad del trote de los caballos, vamos subiendo una carretera magnífica, medio oculta en la sombra de los árboles.

Desde lo alto de la cuesta, he ahí el maravilloso campo de Oñate. Teatralmente se rodea de altas montañas; bosques centenarios la circundan; y el viejo y limpio pueblo nobiliario escoge el sitio más bello de la vega, y desde allí levanta al espacio el macizo torreón del templo. Cae la tarde. Un convento medioeval junto a la carretera. Las caserías, grandes como palacios, abren sus portaladas suficientes, y las inmensas parras trepan por los muros del edificio y lo cubren todo. Escudos heráldicos sobre el arco de las puertas. Una campana toca la oración. Por la carretera pasean sacerdotes, seminaristas en vacaciones, señoritas hidalgas que van de tres en tres y que dirigen a la diligencia (a los viajeros) furtivas miradas de curiosidad y sonrisas afables.