El coche espera. Es necesario partir, antes de que la noche avance demasiado. Trotan los caballos, y el coche marcha por la empinada carretera que conduce al seno abrupto de las montañas de Aránzazu.
La carretera sube y sube. Con un poderoso y benévolo automóvil, acaso la cuesta resultase más benigna. Pero otra vez acude al remedio la razón, y gracias a unos sagaces razonamientos concluye el ánimo por pensar que es mucho más gracioso el lento paso de los caballos, y que esto permite a los ojos contemplar con mayor certeza los pormenores del áspero paisaje.
¡Lástima que la noche se haya echado encima! Sin embargo, a la luz difusa del último crepúsculo toman las montañas un carácter imponente, fantástico, hiperbólico. De pronto parece que la carretera va a precipitarse en la negrura pavorosa de un abismo. Otras veces, encima de un talud, un árbol semeja ser algún monstruo antiguo que nos quiere devorar. Y allá abajo, mientras el coche sube, se columbra en la ignota profundidad una luz temblante, que probablemente será la lámpara a cuya claridad cena la familia del labrador, pero que la fantasía quiere que sea la vaga antorcha de las brujas, los contrabandistas, los facinerosos.....
Repentinamente, en un recodo brusco, aparece el monasterio de Aránzazu.