Valentín Zubiaurre, pint.

LA alegre campana del monasterio está llamando a misa, cuando yo, despierto por el bronce dominical, abro la ventana y veo las nieblas que ondean y vagan, deteniéndose en los árboles añosos como flotantes vellones de ovejas. Unos pastores vienen ya por los senderos de la montaña, a rezar la primera misa. Traen calzadas sus abarcas, y el vestido, limpio y parco, les huele fuertemente a suero.

Necesario es partir. Abandonamos, pues, la cómoda hospedería de Aránzazu, y siguiendo las pisadas de un muchacho que nos sirve de guía, afrontamos la cuesta. ¡Oh qué terrible cuesta! Es una cuesta infinita, inhumana, sin apelación y sin piedad. Una cuesta larga cuyo fin no conocen los ojos. Es un subir continuo y penoso que no termina nunca. Las más ásperas piedras martirizan los pies. Unas hayas de tronco robusto, de ramas erectas y monótonas, acuden curiosas a contemplar al viajero. Y el viajero, que estaba aún mimado por la comodidad del lecho tibio en la hospedería, y que estaba viciado por el piso suave de las poblaciones, ahora asiste con estupefacción a los más extraños fenómenos físicos.

El corazón, primeramente, se ha puesto a latir con fuerza y alarmante celeridad; después el aliento se ha hecho tan difícil, que a pesar de abrirse la boca en toda su magnitud parece que no entrara a los pulmones ni una gota de aire. ¿Señor, qué es esto?..... Las hayas centenarias rodean al viajero, como queriendo consolarle. Y la cuesta sube, sube, sube. Sin embargo, la dignidad suple en el hombre inteligente las otras facultades del hombre primario y robusto. Y ante el seguro andar de nuestro guía, yo persisto en subir y logro, en efecto, que al poco rato el corazón se tranquilice, los pulmones se ensanchen y las piernas adquieran una feliz elasticidad.

Hay un punto en el camino que sirve como de tránsito trascendental. Al detenerme y volver la mirada atrás, distingo, allá abajo, el monasterio de Aránzazu prendido a las rocas, colgando sobre el precipicio. Lejos, en cuanto alcanza la vista, las montañas se acumulan, se aprietan, se levantan una sobre otra, en un tumulto grandioso, como poseídas de un temblor y una vida mitológicas, como piensa la imaginación que estarían en el primer momento del mundo, cuando la tierra era blanda, modelable, turbulenta.

Luego, en seguida, la cuesta ha terminado y el paisaje sufre una alteración radical. Ya no se distinguen más edificios ni campos labrados. El mismo horizonte se ha circunscrito. Estamos en una especie de cazuela, circuída de crestas rocosas que hacen las veces de una muralla, un borde, una frontera. He ahí la campa o meseta de Urbía, país de rebaños, aislado del mundo, sin comunicaciones, sin pueblos, sin ningún vestigio de lo que llamamos civilización. Un país frío y raso, de cuatro o cinco kilómetros superficiales a 1.200 metros de altura sobre el mar.

Al principio se imagina el viajero que lo han transportado las hadas como en los cuentos antiguos. Todo es diferente. La hierba misma es distinta, pequeña, sutil y apretada contra el suelo a modo de alfombra. La monotonía de esa pradera inacabable acaba por causar a la mente algo como una obsesión. Todo se halla rasurado, rapado; todo está supeditado a la igualdad y perseverancia de esa fina alfombra de césped..... Hay un silencio que no se asemeja a ningún otro silencio; es un silencio positivamente pastoril. En el aire flota el grato tintineo de las invisibles esquilas; algún balido llega de lejos a veces......

Y allá, en frente, entre los pliegues de unas rocas grises y pulimentadas por los hielos, el guía nos señala un pueblo.

Un pueblo, claro es, que disiente de toda idea urbana. Son una docena de chozas hechas con pedruscos sueltos y techadas con maderos toscos y lonjas de tierra. Cada choza ha escogido el lugar más apto. Se recuestan al abrigo de las rocas, y quieren como enchufarse en el terreno, para evitar los ventarrones.

Penetro en una de estas viviendas. Agachándome, para no pegar una cabezada, doy un paso y por poco no me ahogo. Al fondo de la choza hay encendido un fuego de leña, y el humo, que no halla rendija por donde evadirse, llena, empapa, tuesta la pobre habitación. Pero es necesario; los quesos redondos y grasos que se posan en unas maderas, a conveniente altura, van zahumándose poco a poco y quedan así bien curados y comestibles. Después, en aquel breve antro, hay diversos utensilios domésticos; una cama rústica fabricada con arbustos secos, una económica despensa, unas ropas colgadas, unas pieles. Recuerda a las cabañas de los lapones.