Así viven, contentos o resignados, los pastores de Urbía. Varios pueblos de la alta Guipúzcoa tienen opción a pastorear en la meseta. Llevan sus rebaños por la primavera, los dejan sueltos, y con las primeras nieves bajan a las tierras tibias de la costa del mar. Hacen su vida patriarcal y honrada. No se molestan ni ofenden unos a otros; se ayudan mutuamente; respetan las costumbres y las leyes del lugar; se reúnen en cónclaves, para concertar el precio de la lana o para dirimir sus asuntos comunes. Todo lo hacen con calma, con claridad, con simple y masculina buena fe. Viven sobriamente, se alimentan de lo preciso y dejan que las horas traigan sus pequeños afanes y sus pequeños placeres. En el otoño se despiden; a la primavera se vuelven a encontrar. Y así un año y otro. Así una generación y otra. Un milenario, cientos de milenarios.....
Consideraba, efectivamente, viendo a un matrimonio de viejos y afables pastores, que en la meseta de Urbía los siglos no han podido nada. ¿Qué clase de invenciones pudieron haber llegado aquí, con qué motivo, para qué fines? Estas gentes mansas y afables, son las mismas que aquellas otras cuyos rebaños pastoreaban en este mismo sitio cuando los faraones alzaban las pirámides y Moisés recibía del cielo el código de su nación; son las mismas que aquellas otras que pulían armas de piedra en las costas de Grecia..... Invariablemente se han transmitido los pastores sus rebaños a través del tiempo, continuamente, y uno tras otro han venido los pastores a la primavera, y se han marchado al otoño.
Siempre igual, inalterable, consecutivamente, como una cadena en el tiempo. De tal forma, que los pastores parecen ser los mismos siempre, y los rebaños un solo y único rebaño eternal. Son de la misma raza, hablan el idioma que hablaban los contemporáneos de las pirámides. Y sus costumbres, sus chozas, sus leyes locales, sus juntas, su civilización, han sido idénticas siempre. Y este sendero por donde ahora camino era transitado ya por los contemporáneos de los fundadores de Troya..... ¡Oh dulce y raro país de Urbía, patriarcal nación de pastores, has triunfado del tiempo, y te has visto inmune de todos los cambios e invasiones! Pero mucho temo que contra ti se avalanzará un infecto y formidable enemigo, y él, por fin, te dominará, te perturbará, te corromperá. Hablo de ese monstruo, violador de virginidades, ese sér obsceno: el turista.
El aire corre fino y ágil por la alta meseta; el sol acaricia el rostro sin quemarlo; reina un silencio ideal, como silencio de cumbre que está próxima al cielo; y entre los pliegues de la brisa llega tal vez al oído el rumor monótono de las campanillas del ganado.
No hay en Urbía sembrados ni setos; todo es pradera y campo de pastar. Para romper la sencillez de la flora, de cuando en cuando aparece una haya, único árbol que comparte con la hierba y con los musgos el señorío del país.
Yo no soy botánico, probablemente porque no soy un espíritu del siglo XVIII. Ignorante de las minucias botánicas, nunca hubiera imaginado que el musgo, esa planta inocua a la cual no prestamos generalmente mayor aprecio, poseyera tanta virtud de variedad, de expresión, de forma y de encanto.
Yo creí que el musgo era uno, indivisible e inalterable, y hallo que no es un musgo, sino infinitos musgos variantes, multiforme, hasta polícromos los que adornan el campo.
¡Oh providente amor de la Naturaleza, que no dejas ningún trozo del mundo sin una muestra de adorno y de poesía! ¡Oh materna y celosa Naturaleza, a quien he visto cubrir con la flor del cactus espinoso las abrasadas y terriblemente yermas soledades de los Andes! ¡Que pones una flor, una palma cualquiera en el mayor desierto, y que en Urbía haces maravillosas filigranas estéticas con una planta humilde como es el musgo!
Avanzo, pues, recreándome sobre las praderas, y a cada punto descubro una nueva variedad musgosa. Los musgos buscan la sombra de las hayas, y con frecuencia se enlazan a ellas familiarmente, cubren su tronco y lo visten, como jugando, de un traje prodigioso. Otras veces también sorprendo al pie de un grupo de hayas un verdadero prado en que las hierbas están sustituídas por musgos; su blandura me incita a tumbarme, a refocilarme sobre tan blanda alfombra; pero mi asombro y mi admiración me impiden mancillar aquel bello jardín espontáneo. Un jardín todo de musgos verdes, finísimos, aterciopelados, encantadores.
De repente, sin poder sofocar un grito, descubro ni más ni menos que unas flores. Son las flores del musgo..... ¡Siento el estupor del salvaje, del naturalista, del verdadero descubridor (de un verdadero e ignorante hombre de la ciudad), y estoy largo tiempo contemplando aquella maravilla de la diminuta y original flor de los musgos montañeses!