De estos amargos arrepentimientos estuvo libre Don Quijote, el cual no hay noticia que produjese la muerte más que a unos cándidos y miserables corderos.
LA MADRUGADA EN LA PAMPA ARGENTINA
Yo no podré olvidar nunca la primera visión de la Pampa y el descubrimiento del primer gaucho argentino. Fué durante un viaje largo y monótono, abrumador, desde Buenos Aires a la frontera chilena. Todavía ahora, a través de varios años, conserva mi alma fresco el recuerdo de aquella emoción alboreal, noble y honda emoción de “plena naturaleza”.
Al apuntar la mañana, por la ventanilla del vagón sorprendí el espectáculo anchuroso de la llanura, toda bañada de luz virginal. Era la llanura de siempre, la eterna e invariable Pampa, madre de trigos benéficos y de mugidores novillos, manchada alguna vez por el azul de una laguna, donde los flamencos de pata encogida ocupábanse, cómicamente apostados, en la caza de invisibles insectos.
Y cuando el sol asomó su faz indecisa, la llanura adquirió una gracia juvenil que invitaba a la alegría y al entusiasmo, tal como el mar, con toda su simplicidad y monotonía, suele conmovernos hasta lo más hondo.
Era un mar en sosiego lo que se tendía a mis ojos. Un mar sin complicación, una naturaleza simple, primaria. No había colinas que vinieran a involucrar la línea del horizonte, ni montañas que alterasen con sus crestas sinuosas la serenidad del paisaje; tampoco se veían árboles, ni arroyos, ni menos poblaciones. Parecía que el mundo aquel acabara de surgir, milagrosamente, todo nuevo, todo fresco, lleno de inocencia, de la mente del Creador, a la manera que nos cuentan las páginas bíblicas.
Y en aquella cándida vastedad de tierra verdeante, el tren marchaba veloz, como si él mismo, producto de la más complicada civilización, se sintiera maravillado de correr por un mundo que acababa de surgir a la vida. A lo lejos, como un punto vago, insinuábase una mancha incierta, tal vez una choza, acaso dos sauces melancólicos. El tren avanzó vertiginoso, y la cabaña, con sus dos arbolitos, se pronunciaron claramente a mi vista. Una cabaña bien somera, por lo demás. Su arquitecto no tuvo que macerar mucho la mente para imaginarla y construirla. Componíase de cuatro maderas y un techo de paja. Era una cabaña ingenua, hecho según un plano universal. La misma cabaña del hombre lacustre o del indígena polinesio. Cuatro maderas puestas de pie y un techo pajizo. Y los dos sauces, nada frondosos, encorvaban sus ramas languidecientes sobre la choza, con un amor filial lleno de respeto.
Un hombre a caballo salió de entre los sauces. En la frescura matinal, el hombre aquél cabalgaba con una hidalga prosopopeya, sin apurarse, reposadamente, como quien no siente el acicate de ninguna actividad perentoria. Iba tieso sobre su caballo, noblemente erguido, con rumbo a la inmensidad. Por un momento le distrajo el tren; pero volvió la vista luego, ajeno a la loca carrera del convoy mecánico. Parecía un ser ideal que marchaba a sumergirse en el infinito de luz y en el otro infinito de la llanura. Y, a pesar del vacío y de la soledad del sitio, aquel hombre que cabalgaba noblemente, sin prisa ni afán de ninguna clase, daba la impresión de una felicidad plena, redonda y definitiva. Sino fuera por el jactancioso ruido del tren, oiríanse, de seguro, las voces de su canto. No se concebía a aquel hombre en aquella hora sino cantando.
Reía entre tanto la naturaleza, y cada nimio detalle del paisaje se revestía de una íntima belleza. En el paisaje aquel, tan simple y sobrio, faltaban los elementos teatrales y decorativos. Pero había un amable encanto en la hierba matizada de rocío, en la lechuza que se posaba sobre un poste y abría sus curiosas y atónitas pupilas circulares, en las ovejas que pastaban, en el desbande de las aves azoradas, en la cómica expectación de los novillos ante el paso ruidoso del tren. Y, sobre todo, en la luz purísima que inundaba la llanura, aquella infinita llanura que se abría delante de la imaginación como un concepto casi metafísico de la libertad y de lo inconmensurable.
Y yo pensé: ¿Somos más felices los hombres porque amontonemos mayor número de útiles, de necesidades y de ideas? Aquel rancho[22] perdido en la llanura, aquellos dos sauces, el fogón encendido, la mujer que se queda amamantando a su criatura y el hombre que sale a cabalgar serena y noblemente, ¿no representaban la suma de las cosas y de las emociones que requiere un hombre para sentirse bien dentro del universo y cara a la vida? En aquella cabaña se habían reducido las necesidades hasta el mínimo. Siendo tan pocas las exigencias, el alma, en aquella parquedad de apetitos, debía pensar que el mundo era aún demasiado pródigo. Era la antítesis de la gran metrópoli, de la ciudad insaciable y codiciosa, de la urbe consumida por las pasiones. La ciudad no se satisfacía nunca. Anhelaba siempre más, nuevas formas de placer y de molicie. Las grandes fábricas gemían continuamente para producir los útiles, tan caros a la civilización; los hombres de ciencia alargaban sus vigilias para sorprender una nueva invención; y corrían los barcos y los trenes, acarreando cosas aptas para la molicie del hombre, y las calles se llenaban de fiebre, los Bancos multiplicaban sus negocios, el mundo entero vibraba al conjuro del universal anhelo. Todo para que unos hombres pudieran usar cosas agradables, y todo para que la vida se llenase de complicación. Lujo, vanidad, automóviles, timbres eléctricos, ascensores, teléfonos, bebidas heladas, salsas, especies, vinos espumantes, vestidos de seda, sombreros increíbles. Para satisfacer estas necesidades artificiosas, el mundo llenábase de inquietudes, estallaban las guerras, morían los miserables en los rincones.