En ese rancho perdido en mitad de la llanura ¿qué faltaba? La vida no reclamaba sino tres o cuatro casos simples: un pedazo de carne asada, una infusión de “mate”, y, como lujo, una galleta dura. Quizá un poco de tabaco para las horas de reposo. Y en los días de fiesta, un trago de ginebra. Para dormir, el sagrado suelo. Y en las noches tibias, tener como techumbre el cielo, empavesado de estrellas.

He ahí una razón fundamental: la vida conquistada a bajo precio. Pero la otra razón, la que se apoya sobre los intereses eternos, colectivos, universales, arguye que ese plan de vida es ruinoso, y que al simplificar las necesidades, reduciendo el radio de nuestros deseos, la civilización corre apuro de malograrse. La civilización es un algo supremo, inasequible, imponderable como el mismo Dios. Todos venimos a ofrecernos como servidores de ese fetiche insaciable, y sudamos, padecemos, morimos entre estertores de codicia, de vanidad o de ambición, a la mayor gloria del progreso. Se nos dice que es humillante desertar de nuestro puesto. Y efectivamente cumplimos con nuestro deber.

Por mi parte, yo siento en muchas ocasiones una fuerte intención de desertar. Siempre que me sitúo enfrente de la naturaleza libre, ingenua y pictórica, me asalta el mismo prurito de renunciar a mi corteza urbana, quitarme el uniforme de civilizado, traicionar a la obra del progreso y convertirme en un hombre sencillo.

He pensado seriamente en llegar a poder vivir así, como aquel paisano que a lomo de su potro tordillo salía cantando de mañana por lo ancho de la llanura. Renunciar a los numerosos detalles de la civilización, despreciar la vestidura del placer, la apariencia sonora de la dicha, a cambio de la verdadera felicidad. Reconciliarse con la salud, auténtica madre de la alegría. Ejercitar las funciones corporales con una segura amplitud. Sentir la plena conciencia de la normalidad del ser. Dormir sin achaques, de un largo y robusto tirón. Cabalgar, vencer las dificultades que se oponen al músculo, sudar, beber agua sana a grandes tragos. Respirar el viento sin temor, y agradecerlo más aún cuanto más frío. Ofrecerse al sol sin veladuras ni encogimientos. Recibir el golpe de la lluvia como una caricia. Curtirse la piel, tensa como un pandero. Ver acostarse el sol, sin miedo al mañana. Levantarse con el alba y agradecer con todas las fuerzas del cándido espíritu la gracia de poder vivir un nuevo día...

CAPÍTULO V
El Amor y la Queja

POR las páginas del Martín Fierro corre constantemente un aura de queja y de reproche melancólico, y esto da al poema cierta monotonía, como de cancionero andaluz. Entre el gaucho y el andaluz existen coincidencias de tono y de sentimientos tan marcadas, que otra vez me veré inclinado a insistir sobre el paralelismo de dos pueblos que el Atlántico separa, pero que el origen y el concepto de la vida mantienen siempre unidos.

La queja del gaucho Martín Fierro va dirigida en dos direcciones: el abuso social y los males del amor. En el fondo, sin duda, lo que el poeta Hernández se propuso fué una patética e indignada recusación de los móviles ciudadanos, y del plan abusivo de las ciudades costeñas, como Buenos Aires, que henchidas de elementos inmigrantes, poseídas de un torvo espíritu de presa y con una despiadada prisa por el éxito y por la civilización a ultranza, arremetían contra el gaucho, lo hallaban reacio, lo oprimían y lo expulsaban, arbitraria y brutalmente, de la tierra y del usufructo del país. De modo que el poema del Martín Fierro viene a ser una protesta de la tradición, del argentinismo, de la argentinidad histórica, y en efecto marca la línea que divide las dos épocas: una puramente criolla, con sus luchas políticas, sus violencias y también su generosidad romántica e idealista, su apasionamiento noble; la otra época corresponde al moderno contenido social, en que se ha levantado una nación ágil y ambiciosa, llena de arrivismos y de irreverencias, confuso vientre donde pululan todos los extranjerismos.

Esta defensa del gaucho oprimido y esquilmado forma el motivo del poema. Pero la queja hubiera saltado de cualquier modo, porque la raíz del criollismo pampeano consiste en un acatamiento a la ley de fatalidad, y en una profunda e instintiva comprensión del duro e insuperable destino. El criollo es fatalista como un andaluz; la parte de semitismo que heredara de sus abuelos, se ve todavía corroborada por el fatalismo de las razas indias. Sobre la negrura de su fatalismo, igual que en el alma andaluza; el criollo vierte, a manera de relámpagos, sus chistes y donosidades, su graciosa socarronería.

Las estrofas del Martín Fierro, por tanto, recuerdan directamente las coplas andaluzas de la malagueña. Al comenzar un episodio, en cualquier intervalo de su narración, Martín Fierro lanza al aire libre de la llanura solitaria su queja, que es como una reconvención al destino.

Triste suena mi guitarra,
y el asunto lo requiere;
ninguno alegrías espere
sino sentidos lamentos,
de aquel que en duros tormentos
nace, crece, vive y muere.