Me fuí reculando en falso
y el poncho adelante eché,
y cuando le puso el pie
uno medio chapetón[36],
de pronto le dí el tirón
y de espaldas lo largué...

Pegué un brinco y entre todos
sin miedo me entreveré.
echo ovillo me quedé,
y ya me cargó una yunta[37],
y por el suelo la punta
de mi facón les jugué.

El más engolosinao
se me apió con un hachazo;
se lo quité con el brazo,
de no, me mata los piojos;
y antes de que diera un paso
le eché tierra en los dos ojos.

Y mientras se sacudía
refregándose la vista,
yo me le fuí como lista
y ahí no más me le afirmé,
diciéndole: “Dios te asista”,
y de un revés lo voltié...

En fin, la feroz pelea de uno contra tantos acaba, o se precipita al desenlace, cuando uno de los soldados, el sargento Cruz, se pasa al campo de Martín Fierro, gritando aquella voz quijotesca:

...¡Cruz no consiente
que se cometa el delito
de matar ansí un valiente!

CAPÍTULO VIII
Los Indios

CUANDO un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la Argentina el desesperado recurso de hacerse gaucho matrero, oficio semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El matrero se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios, y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta entonces.

Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las antiguas aventuras.

En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de los indios pampas.