“No me vengan, contesté,
con relación de difuntos;
esos son otros asuntos;
vean si me pueden llevar,
que yo no me he de entregar
aunque vengan todos juntos.”
Pero no aguardaron más
y se apiaron en montón.
Como a perro cimarrón
me rodiaron entre tantos.
Yo me encomendé a los Santos
y eché mano a mi facón...
¿No es cierto que nos figuramos leer un folletín de Alejandro Dumas o de Fernández y González? Las estupendas luchas que nos describen las novelas de capa y espada, podrán, y tienen de seguro muchas veces, una parte importante de mentira. En nuestro caso no hay exageración, porque los anales de la Pampa están llenos de empresas parecidas, y el honrado José Hernández, además, rehuye siempre las narraciones hiperbólicas. El gaucho Martín Fierro saca fuerzas de flaqueza, y aunque está solo en la inmensidad, frente a varios hombres armados, sin más apoyo que su daga, prefiere morir matando, y no que lo sacrifiquen miserablemente.
Para nuestra pasibilidad de hombres civilizados, urbanos y tímidos, la actitud de un hombre luchando contra muchos nos resulta inverosímil. Pero Martín Fierro no está precisamente solo. A nosotros nos serviría para poco una daga punzante y un cuerpo más o menos dañado de artritismo; en cambio Martín Fierro le saca a su facón imprevistas y maravillosas aptitudes, y cada canto o punto de su daga es un resorte poderosísimo. En cuanto a su cuerpo físico, él se estira y encoge como la goma, salta o se soslaya, se acurruca o se acrecienta, se multiplica verdaderamente. Y hay, además, la astucia.
Es así como un “hombre de guerra”, un guerrero de oficio, ha sido en la Historia una cosa resistente y capaz de proezas increíbles. Los héroes de Homero, por ejemplo, el Aquiles y el Agamenón y el Ayax, eran completos y vigilantes esgrimidores que aterraban a sus enemigos. Cuando leemos en los libros de Caballería que un solo guerrero combatía y derrotaba a innúmeros adversarios, no todo cuanto nos cuentan es mentira. Un guerrero antiguo, por virtud de la esgrima, del oficio y de la especial preparación del alma, valía por muchos hombres juntos. El gendarme, el lansquenete, el suizo, y sobre todo el caballero marcial a lo Rolando, Cid y Gonzalo de Córdoba, hicieron en mucho tiempo imposible la formación de grandes y eficaces ejércitos anónimos, democráticos, al estilo moderno.
Los enemigos de Martín Fierro traen, es verdad, alguna carabina; pero aquellos pobres fusiles de pistón, sobra sin duda de los arsenales europeos, no valen gran cosa.
Y ya vide el fogonazo
de un tiro de carabina;
mas quiso la suerte indina
de aquel maula, que me errase,
y ahí no más lo levantase
lo mesmo que una sardina...
Era tanta la afición
y la angurria[35] que tenían,
que tuítos se me venían
donde yo los esperaba;
uno al otro se estorbaban
y con las ganas no vían.
He aquí ahora que interviene la astucia, puesto que el guerrero ha de ser listo en ardides:
Dos de ellos que traiban sables,
más garifos y resueltos,
en las hilachas envueltos
enfrente se me pararon,
y a un tiempo me atropellaron
lo mesmo que perros sueltos.