Se tiró al suelo al dentrar,
le dió un empellón a un vasco,
y me alargó un medio frasco
diciendo: “Beba, cuñao.”
“Por su hermana, contesté,
que por la mía no hay cuidao.”

“¡Ah, gaucho!,” me respondió,
“¿de qué pago será crioyo?
¿Lo andará buscando el hoyo?
¿Deberá tener güen cuero?...
Pero ande bala este toro
no bala ningún ternero.”

Y ya salimos trenzaos,
porque el hombre no era lerdo;
mas como el tino no pierdo
y soy medio ligerón,
le dejé mostrando el sebo
de un revés con el facón.

Pero estas son riñas de uno contra uno, de forma caballeresca popular y muy semejantes a las riñas de otros países. Donde se prueba el valor del gaucho y la potencia de su cuchillo y de su esgrima, es en los entreveros de uno contra muchos, o en la pelea contra un indio armado de boleadoras.

Me encontraba, como digo,
en aquella soledá,
entre tanta oscuridá
echando al viento mis quejas,
cuando el grito del chajá[30]
me hizo parar[31] las orejas.

Como lombriz me pegué
al suelo para escuchar;
pronto sentí retumbar
las pisadas de los fletes[32],
y que eran muchos jinetes
conocí sin cavilar...

Al punto me santigüé
y eché de giñebra un taco;
lo mesmito que el mataco[33]
me arrollé con el porrón.
“Si han de darme pa tabaco,
dije, esta es güena ocasión.”

Me refalé las espuelas
para no peliar con grillos,
me arremangué el calzoncillo
y me ajusté bien la faja;
y en una mata de paja
probé el filo del cuchillo...

Yo quise hacerles saber
que allí se hallaba un varón;
les conocí la intención
y solamente por eso
fué que les gané el tirón,
sin aguardar voz de preso.

“Vos[34] sos un gaucho matrero,”
dijo uno, haciéndose el bueno.
“Vos matastes un moreno
y otro en una pulpería,
y aquí está la polecía
que quiere ajustar tus cuentas.
Te va a alzar por las cuarenta
si te resistís hoy día.”